La muerte del niño avilesino en diciembre enero de 2005 con aprobación judicial cuyo único delito fue ser hijo de una deficiente, nos pone en marcha para que no haya más asesinatos.
Defendemos también una mayor formación
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Observo a un niño-medicamento tratando de recomponer su identidad. Está contemplando en el espejo su figura alterada; ha entrado en la adolescencia y se esfuerza por estabilizar su imagen corporal. No se encuentra del todo desconocido; los rasgos le resultan familiares. Se diría que es el mismo que, hasta hace poco, gozaba de todas las atenciones de la familia, como hermano menor. Quizá lo mimaban demasiado; ahora, en cambio, le exigen y tratan con mayor severidad. Es verdad que han desaparecido su figura aniñada y su rostro infantil; ha crecido y ha duplicado su fuerza, y le hierven extraños y poderosos deseos. Pero no sabe bien si es ya un hombre o sigue siendo un niño. Mas eso, en realidad, ¿qué importa? En el fondo, ni siquiera sabe lo que es.
Hace algún tiempo descubrió la razón de su existencia. Era inevitable. No fue recibido en este mundo con la sorpresa de un regalo inesperado, fruto de la ilusión del amor, como suele ocurrir con los demás niños. No. Su hermano mayor nació con leucemia linfoblástica; pudo recibir un trasplante de células del cordón umbilical de un donante anónimo, y se recuperó. Pero el riesgo de recaída no había desaparecido y sus padres, preocupados, quisieron asegurarse. Decidieron recurrir a las técnicas de reproducción asistida para tener siempre a mano un reservorio de médula ósea compatible. Y así surgió él: fecundado in vitro, superó el examen de compatibilidad y fue implantado; se desarrolló con normalidad y vio la luz de este mundo. Otros hermanos suyos embriones no tuvieron la misma fortuna y fueron desechados. No sé qué fue de ellos: quizá perecieron al extraerles células para investigaciones médicas, o es posible que tuvieran más suerte y fueran adoptados. ¿Suerte? Oigámosle.
Dicen que todos los adolescentes nos hacemos este tipo de preguntas: queremos saber quiénes somos, dónde estamos, por qué hemos venido, qué lugar nos corresponde en el mundo, qué papel debemos desempeñar en él. Pero a mí, estos interrogantes me atormentan con especial crueldad: ¿quién soy yo, realmente? Hasta ahora, no me había sentido incómodo en el seno de la familia; con las inevitables rivalidades entre hermanos, es verdad, movidas por mi notorio afán de destacar, de no ser menos, de conquistar un rango en el gallinero familiar. Mi hermano es brillante, ciertamente; pero yo aspiraba a ser el mejor. Mas ahora, desvelado el áspero secreto, mi autoestima se ha desplomado. Me siento un puro instrumento, un mero complemento, un simple recurso médico. No he sido querido por mí, sino por otro. La sensación de no ser nadie me persigue. El futuro me resulta inquietante. La vida ha perdido su ilusión.
He encontrado unas palabras de Kierkegaard que describen bien mi desasosiego y mi angustia. Yo también meto el dedo en la existencia para tratar de averiguar por su olor qué clase de tierra es, pero no huelo a nada. «¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Cómo vine aquí? ¿Quién es el que me ha arrojado dentro del mundo y ahora me deja aquí? ¿Cómo vine al mundo? ¿Por qué no fui consultado? ¿Fui arrojado a las filas de los hombres como si hubiera sido comprado a un secuestrador, a un tratante de almas?».
Un espeso sinsentido me envuelve. Y me pregunto: ¿Habrán tenido más suerte mis hermanos embriones que se quedaron por el camino? ¿Qué duro es hacerse hombre!