La muerte del niño avilesino en diciembre enero de 2005 con aprobación judicial cuyo único delito fue ser hijo de una deficiente, nos pone en marcha para que no haya más asesinatos.
Defendemos también una mayor formación
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LOS partidarios de la investigación con células embrionarias rehúyen el debate científico. Les horroriza que la discusión se centre en los resultados de sus experimentos. Como subterfugio o escapatoria, desvían el debate hacia el enfrentamiento entre ciencia y religión. Así, mantienen el tinglado de la farsa y hacen creer a la sociedad que a ellos sólo los mueve el interés científico, a la vez que presentan a sus detractores como una patulea de fundamentalistas. El Progreso, sostienen, debe protegerse de los absurdos «frenos» impuestos por la religión. Asimismo, las revistas científicas de mayor renombre auspician y jalean las investigaciones con embriones y su generación mediante transferencia nuclear, mientras obstaculizan y denigran el trabajo mucho más exitoso de los científicos que han demostrado el valor terapéutico de las células troncales del organismo adulto. La llamada «clonación terapéutica» trata de conseguir terapias regenerativas que, hasta la fecha, se han saldado siempre con estrepitosos fracasos (a la vez que han deparado algunos timos abracadabrantes, como el del coreano Hwang). Entretanto, se embauca a los enfermos con esperanzas infundadas que son mayor fraude a las expectativas de enfermos incurables y el más cruel escarnio de su dolor. Los experimentos realizados con animales nos descubren que las células de origen embrionario provocan la formación de tumores, porque son muy inestables e inmaduras. Los defensores de la llamada «clonación terapéutica» lo saben, pero siguen defendiendo sus experimentos por sórdidos intereses crematísticos. También saben que las células de adulto son infinitamente más provechosas y viables, pero mantienen a los enfermos en la ignorancia.
Nuestra ministra Salgado (por la salud a la astenia) afirma que el proceso de transferencia nuclear no depara un embrión, sino un «conjunto de células», puesto que el organismo resultante no se deriva de una fertilización con espermatozoides. Pretender que el estímulo artificial que provoca el desarrollo embrionario sea el criterio para no llamar las cosas por su nombre constituye un abuso semántico. Quizá estos escamoteos sirvan para que nuestro Gobierno burle legislaciones internacionales y forre los bolsillos de los amiguetes que experimentan con células embrionarias, pero desde luego no se sostienen en pie. No debemos olvidar que embriones animales fabricados mediante esta técnica, una vez implantados en úteros, han llegado a convertirse en animales clonados.
La reflexión sobre el triste destino de estas vidas embrionarias en las que ya se agazapa la condición humana, diminutas como puntitos negros a la luz del microscopio, me trae a la memoria cierta escena de «El tercer hombre». Holly Martins (Joseph Cotten) se ha reunido en el Prater vienés con Harry Lime (Orson Welles), un cínico y encantador asesino que se ha enriquecido vendiendo medicamentos adulterados. Montan juntos en la noria y, cuando se hallan en lo alto, Martins pregunta, horrorizado: «¿Has visto a alguna de tus víctimas?». A lo que Harry Lime responde cínicamente, apuntando a la gente que pasea por el descampado: «¿Víctimas? No seas melodramático. Mira ahí abajo. ¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse? Si te ofreciera veinte mil dólares por cada puntito que se parara, ¿me dirías que me guardase mi dinero o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar? ¡Y libre de impuestos, amigo, libre de impuestos! Hoy es la única manera de ganar dinero». Así que ya lo saben: cuando los apóstoles de la llamada «clonación terapéutica» les hablen de Ciencia y Progreso y Salvación de Vidas, no les crean; donde dicen todas esas paparruchas rimbombantes quieren decir, en realidad, Dinero, que es la única religión que profesan. Dinero obtenido disparando sobre diminutos puntitos negros.