La muerte del niño avilesino en diciembre enero de 2005 con aprobación judicial cuyo único delito fue ser hijo de una deficiente, nos pone en marcha para que no haya más asesinatos.
Defendemos también una mayor formación
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Yo tenía 19 años y salía con un mal chico, un año menor que yo. La realidad es que, quitando al principio, se portó fatal conmigo. Se dedicaba a ponerme en ridículo delante de mis amigos, a reirse de mi, a sacarme todos los defectos... Así llegó el día 1 de marzo de 1997; estábamos en una discoteca y él se empeñó en que entráramos en el baño. No me pareció buena idea, pero dado que ya prácticamente me tenía anulada, entré con él. Empezamos a besarnos y pronto entendí que las cosas se me iban a ir de las manos, por lo que intenté separarle y le pedí que parara. En vez de eso, me inmovilizó y me violó, sin ni siquiera haber tenido la preocupación de ponerse un preservativo. Al salir del baño me dijo que a ver cómo me las arreglaba, pero que él no iba a tener un hijo con 18 años.
Ese lunes fui al centro de salud de mi casa. Pasé a la consulta de la ginecóloga y le dije que se nos había roto el preservativo (me sentía fatal por lo que había pasado, me sentía sucia y culpable, y, lo que es peor, sentía que tendría que haber accedido sin quejarme porque él tenía "derecho", y no quería que nadie supiera que me había negado). La doctora me preguntó cuándo había tenido la última regla, y con un calendario especial calculó los días y me dijo que estaba ovulando, por lo que era casi seguro que me hubiera quedado embarazada.
Me recetó cuatro píldoras, dos para ese momento y las otras dos para tomarlas transcurridas doce horas. Ante mi pregunta de si las pastillas eran abortivas, ella me dijo que no, que si el óvulo (me pregunto por qué no decía directamente embrión) se había implantado en el útero ya no había nada que hacer. Me las tomé como una tonta ingenua porque me moría de miedo: miedo a mis padres (menudo disgusto), miedo a que mi novio me dejara (afortunadamente me dejó unos meses después), miedo a mi futuro, miedo al qué dirán...
Han pasado ya nueve años y sigo pensando en lo que pasó y en cómo actué. Pasé varios años mal, muy mal; al principio no era capaz ni de levantarme de la cama; me pasaba el día llorando, no podía dormir, dejé la carrera, dejé a mis amigos... Sólo pensaba en que había matado a mi hijo, y necesité más de cuatro años para recuperarme. Necesité irme de Madrid para olvidar lo ocurrido, y todavía sigo pensando en ello. Pienso el día 1 de marzo, pienso el día 3 de marzo, y pienso en los años que cumpliría mi hijo en diciembre... si hubiera tenido el valor de seguir adelante.
La conciencia de que lo que hice fue abortar fue casi inmediata. Me lo confirmaron un médico y un farmacéutico en un programa de radio, y me lo confirmó la razón. Querer negar la realidad es una actitud muy humana. Querer negar que un óvulo fecundado es un embarazo es negar la realidad por miedo. Lo peor de todo es cuando te das cuenta de que casi seguro que has abortado y no puedes decirle a nadie cómo te sientes, porque nadie lo considera un aborto, y piensan que eres estúpida.
Siento vergüenza cuando recuerdo lo sucedido. Vergüenza, rabia y, ante todo, una profunda tristeza. A veces sigo llorando. A veces me toco el vientre pensando en mi hijo. Durante otros cuatro años olvidé lo sucedido, hasta que mis hermanas se quedaron embarazadas y todo volvió como una bofetada. Volví a deprimirme pero por fortuna mi pareja estuvo ahí. Le conté lo sucedido y se convirtió en mi principal apoyo. Me ayudó a "levantarme" de nuevo y a buscar el lado positivo. Al igual que mi abuela, dice que todo tiene su lado bueno, aunque tan sólo sea aprender y, con lo que se aprende, poder enseñar a los demás.