Adopción espiritual
Adopción espiritual
Adopción espiritual
Adopción espiritual
Adopción espiritual| Las propuestas se articulan en dos grupos muy sencillos: a) lo que es oportuno hacer a la hora de educar a nuestros hijos; b) lo que no debe decirse, no tanto por la expresión en sí, sino por la actitud que manifiesta en los padres y los hijos perciben desde muy pequeños, y por el daño que a estos pudiera causarle.
| |
Lo que conviene hacer 1.- Vivir personalmente, con coherencia, cuanto se exige a los hijos, recordando que el ejemplo es el mejor predicador; o, al menos, luchar clara y visiblemente por actuar de tal modo. Así, pongamos por caso, conviene ir por delante en la moderación del uso de la TV; en no hablar nunca mal del prójimo y saber cortar cualquier conversación que tome ese rumbo; en la sinceridad: por ejemplo, no pidiendo que digan que no estamos en casa cuando simplemente no tenemos ganas de ponernos al teléfono; en el orden, sin sentirnos liberados —por nuestra edad y condición de padres— de arreglar nuestros enseres y contribuir a la armonía del hogar; en la puntualidad, acudiendo de inmediato, entre otras circunstancias, cuando se nos avisa que el almuerzo o la cena están a punto; en afrontar las dificultades con buen humor y una sonrisa; en valorar y exponer el sentido del trabajo, sabiendo destacar cuanto en él hay de positivo y silenciando, si fuere necesario, las dificultades, las «zancadillas», el mal talante de nuestro jefe o de nuestros compañeros…
Lo que no conviene decir
2.- Favorecer el prestigio del otro cónyuge, ayudando a los hijos a descubrir sus virtudes, y evitar el contradecirlo o reprocharle algo en presencia de los niños. Si os han visto pelearos, que os vean también reconciliaros. Y, cuando las hijas adquieran la edad conveniente, que el padre les muestre la grandeza de la madre «como mujer y esposa», igual que la madre a los hijos varones en relación a su marido «como esposo y como varón». 3.- Encontrar las ocasiones para jugar y conversar con los hijos, para interesarse realmente por sus cosas, que nunca son para ellos poco importantes, aun cuando a veces esto signifique renunciar a la propia tranquilidad o sacrificar un poco del tiempo que podría dedicarse a la profesión o al descanso. 4. -Conceder a los hijos —de manera progresiva, según la edad, pero desde el fondo del corazón— toda vuestra confianza, arriesgándoos sin dudarlo a que alguna vez os «engañen». 5.- Tener también fe en la capacidad del niño o de la niña para luchar por superar sus defectos, comprometiéndonos personalmente en ese combate… hasta sufrir con sus derrotas, si llegare el caso. Por eso, cuando el hijo caiga una vez más en alguno de esos defectos, comprenderlo efectivamente, ayudarlo con palabras de ánimo después de rehacernos nosotros mismos si fuera preciso, y no limitarse a echarle en cara su debilidad. En definitiva, mostrar que seguimos confiando plenamente en ellos y que estamos dispuestos a comenzar de nuevo la lucha con moral de victoria. 6. -Favorecer el espíritu de iniciativa del niño desde muy pronto y dejar que haga las cosas por sí mismo —que inicialmente resulta más costoso que hacerlas nosotros—, asumiendo con espíritu deportivo las molestias complementarias que tal actitud pudiera originar. 7.- No ceder a los caprichos de los críos, por más que se emperren en ellos, sino esperar serenamente a que pasen sus rabietas. Dejarles muy claro, de este modo, que no tienen derecho a esos antojos. 8.- Cuando sea menester, aunque no resulte fácil, saber decir que no... y mantenerse en él; pero explicar las causas de esas negativas y no exagerarlas, multiplicándolas inútilmente. (Recordar, a estos efectos, que cada persona tiene su propio camino de perfeccionamiento y que no debemos imponer a nuestros hijos las propias preferencias). 9. -Ejercer la autoridad, que no es autoritarismo. Este último es afán de poder; la primera por el contrario, es servicio y se basa en una estima justa y merecida del chico o de la chica y de lo bueno en sí, que resulta capaz de mejorarlo. 10.- Exigir la obediencia sin vacilaciones, pero intentando dar las órdenes con el tono más suave y simpático posible. 11.- Limitar el número de deberes y prohibiciones a las cosas verdaderamente importantes. La vida familiar debe estar regida por el mínimo de reglas imprescindibles, y no por gustos o caprichos de uno u otro de los progenitores; y esas pocas normas ineludibles, hay que intentar que se cumplan siempre. Así los padres —¡las madres!— «no se queman» mandando sin ton ni son en cuestiones que, por su misma escasa relevancia, luego no vamos a hacer cumplir; y los hijos aprenden a obedecer por la bondad intrínseca de lo que se les indica, interiorizando los criterios y formando su conciencia. 12.- A veces —no muchas— se debe también castigar, pero con moderación, sin perder la serenidad ni dejarse vencer por el nerviosismo o la ira. 13.- Nunca un castigo ha de ser ni parecer un simple desahogo de nuestro mal humor, de nuestro cansancio o de nuestro orgullo herido. Por eso, en ocasiones, es preferible «salir de la escena» y no volver a ella hasta que se haya recuperado el propio dominio: una palabra serena y convencida goza de mayor poder de persuasión que un grito o una reprimenda incontrolados. Es necesario, además, medir muy bien las consecuencias de la sanción que se pretende imponer. Jamás debe ser ni desproporcionada ni de tal envergadura («¡te quedarás tres meses sin salir de casa!»)… que después resulte imposible cumplirla y tengamos que condonar la deuda. Por fin, es muy conveniente que la acción reparadora guarde clara relación con la falta cometida: los defectos en el estudio es oportuno corregirlos mediante actividades que enseñen; los de puntualidad, ayudando a vivirla en otras circunstancias; las explosiones de ira, enseñando a pedir perdón y a no saltar cuando les gasten aquella broma que les molesta especialmente… En este sentido, no suele dar resultado una suerte de «castigo universal y no específico», como privar de ver la televisión, jugar con la videoconsola, no asistir a determinados espectáculos… Entre otros motivos, porque concedemos a esas actividades (televisión, etc.) una importancia de la que en realidad carecen. 14.- Cuando convenga regañar a un hijo, hay que hacerlo con claridad, con justicia, con brevedad y cambiando después el tema de la conversación; es imprescindible concederle un tiempo para que asimile la corrección, sin exigir que reconozca de inmediato su culpa… como tampoco solemos de entrada reconocerla nosotros. 15.- Resulta muy formativo exigir apoyándose más en el cariño (y en el bien de los demás) que en los castigos y recompensas: «Si haces eso, me das —o das a tu padre o a tus hermanos— un disgusto o una alegría muy grande». Se transmite así a los hijos la hermosura de hacer o prescindir de algo libremente, por amor a los demás. 16. -Evitar siempre que se pueda los premios materiales, para no cultivar una moral utilitarista, que espera una recompensa por cada acción positiva. Al contrario, resulta muy conveniente que los hijos perciban y se sientan satisfechos al advertir la alegría de los padres cuando realizan una buena acción. En el primer caso se promueve, tal vez sin plena conciencia, el egoísmo: hago algo bueno no por ser bueno, sino porque yo obtengo un provecho. En el segundo, se ayuda a los hijos a salir de sí y ocuparse de los otros… que es la única vía transitable para encontrar la felicidad. 17.- Conviene elogiar o censurar no lo que son, sino aquello que hacen. Se evitará de este modo fomentar la soberbia o el desencanto. No decir, por ejemplo, «eres tonto», sino «esta vez has hecho o dicho una tontería». El uso del verbo ser o similares, por cuanto fácilmente se refieren a la totalidad de la persona y la califican de un modo radical y omniabarcante, constituye una especie de carga de profundidad que puede resultar devastadora. Más oportuno es, por ejemplo, utilizar frases del estilo: «en esta ocasión has actuado un tanto egoístamente; no me lo esperaba de ti». Con ellas, al tiempo que corregimos la actitud incorrecta, fomentamos los valores positivos de fondo y mostramos nuestra estima y confianza hacia los chicos. 18.- Distribuir encargos oportunos entre los hijos, enseñando también a que, en determinadas ocasiones, si existe causa justificada (exceso de cansancio, proximidad de un examen, etc.), uno supla en lo que debería realizar otro. Se trata de una de las acciones más difíciles pero al mismo tiempo más eficaces. Cualquier hijo en condiciones normales está dispuesto a echar una mano a sus padres… con tal de que esa tarea no le corresponda a otro hermano. Lograr que superen esa especie de agravio comparativo es poner las bases de una generosidad auténtica y duradera. 19.- Implicar a los hijos, con un equilibrio adecuado, en las decisiones familiares, estimulándoles para que hagan sugerencias para el bien de la familia… y acogiéndolas incluso cuando las nuestras nos sigan pareciendo un poco mejor que las que propuestas por ellos (entre otros motivos, porque es muy fácil que las nuestras, solo por serlo, las consideremos mejores). 20.- No rechazar globalmente, y mucho menos a priori («tú calla, que de esto no sabes») ni siquiera aquellas insinuaciones de los hijos que nos parecen más insensatas; por el contrario, esforzarse para descubrir y valorar cuanto hay de bueno en sus ideas… puesto que siempre hay algo bueno. Es eficacísimo llegar al convencimiento de que los padres tenemos mucho que aprender incluso de los más menudos de nuestros hijos. 21.- No os limitéis a corregir o aconsejar a los hijos, sino escucharlos con paciencia, afecto, interés y «simpatía» —como si se tratara de vosotros mismos o de la persona más querida—, de modo que lleguéis a comprender el porqué de sus dificultades, desilusiones, tristezas, errores, mimos, etc. Y eso, a todas las edades: desde que empiezan a hacerse entender hasta la etapa tan problemática de la adolescencia... y siempre. Nunca es buena la presunción de que, por nuestra edad, experiencia, estudios, etc., la razón se encuentra de nuestra parte. 22.- No responder sistemáticamente a sus preguntas, por abulia o pereza, con un cansino «no lo sé». Los niños multiplican sus interrogantes, justo cuando advierten ese desinterés. 23.- Cuando no se sabe bien qué razones dar para acoger o rechazar sus peticiones, tener la humildad de decir, por ejemplo: «Déjame que lo piense». Y lo mismo cuando nos consultan sobre algo que tienen derecho a conocer, pero que nosotros no tenemos claro. Es muy formativo para los hijos —y hace crecer en ellos el aprecio por nosotros— advertir que siempre estamos dispuestos a atender a sus demandas… pero también que reconocemos sin problema que no somos ni omnipotentes ni lo sabemos todo. Tal actitud suele evitar dificultades en la edad crítica de la adolescencia. 24. -Exigir con buen humor, pero jamás con ironía hiriente, aun cuando fuera sutil. La ironía es siempre dolorosa porque lleva consigo una suerte de descalificación global o, al menos, muy superior a la manifestación clara y afectuosa del error que se intenta corregir. Por eso, en ocasiones es preciso, nada fácil, ¡y muy meritorio!, abstenernos de formular esa ocurrencia llena de auténtica gracia… pero que podría herir a alguno de nuestros hijos. También aquí el propio lucimiento está muy por detrás del bien del ser querido. 25.- Proponer mejoras realmente posibles —no disparatadas y fruto de una irritación incontrolada— y prever un tiempo razonable para cada una de ellas... Probablemente una de las virtudes que más a menudo ha de ejercitarse en la educación, y por eso de singular importancia, es la paciencia. 26. -Mantener las promesas hechas. Para ello, reflexionar detenidamente sobre la viabilidad de llevarlas a cabo antes de adquirir el compromiso. Y si en algún caso resultara realmente imposible cumplir lo pactado, explicar con humildad y claramente los motivos, al tiempo que se propone una alternativa. 27.- Usar las bofetadas lo menos posible (que no necesariamente quiere decir nunca: como todo, esto depende mucho del modo de ser del chico). Sería bonito que vuestro hijo, más adelante, pudiera contar los bofetones recibidos de niño. 28.- Enseñar a los hijos el valor de ciertas renuncias y despertar su capacidad de crítica frente a la publicidad consumista, que exalta de continuo la satisfacción inmediata de deseos y necesidades artificialmente creados y elimina el gozo profundo de los grandes logros que suponen largo esfuerzo. En este caso, más que nunca, es menester andar atentos para no convertir en lícito y norma de conducta lo que «todo el mundo hace»; e imprescindible, si se quiere ser eficaz, que nuestro ejemplo vaya por delante. 29.- Iniciar a los hijos en el misterio del origen de la vida y del amor entre hombre y mujer, de manera progresiva y desde muy pequeños, en la justa medida —muy escasa o casi nula en los comienzos— en que demuestren interés por el tema. Vale más adelantarse que llegar tarde (sin olvidar que hoy estas cuestiones «están a su alcance» —televisión, revistas, Internet, amigos...— mucho antes de lo que creemos). Por otro lado, incluso cuando no nos prestaran demasiada atención, les estamos demostrando que no se trata de una cuestión tabú, sino tan normal como las restantes que hablamos en la intimidad, y que pueden acudir a nosotros para consultar sus legítimas dudas… o contarnos sus fracasos (como consecuencia, jamás deberíamos mostrar asombro o indignación cuando nos hagan partícipes de sus derrotas). 30.- Pedir ayuda a Dios y ponerse en las manos de la Virgen y de los Ángeles Custodios, con real abandono, para ser buenos educadores. Como memorandum, añadiré diez frases que conviene eliminar de nuestro repertorio: 1.- «¡A mí no me haces esto!» (demuestra más amor propio que afecto hacia el hijo). 2.- «Esto no se lo cuentes a papá (o a mamá)» (destruye la fuente del amor y el crecimiento familiar: la unión de los cónyuges). 3.- «No sirves para nada, eres un egoísta, un embustero...» (descalifica globalmente al chico y refuerza el ejercicio del tipo de conductas que pretendemos corregir). 4. -«Has hecho lo que tu querías, ahora ¡arréglatelas!» (además de orgullo herido, manifiesta falta de «simpatía y compromiso» con el hijo o la hija). 5. -«Dime la verdad, de lo contrario...» (muestra desconfianza y sustituye el amor por la amenaza). 6. -«¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho? ¿Quién había?» (constituye una agresión a la intimidad, que más bien cierra cualquier posibilidad de comunicación). 7. -«Haz lo que quieras, con tal de dejarme en paz» (hace poco me contaron que un chico explicaba a sus amigos que sus padres no lo querían «porque me dejan hacer lo que quiero»). 8. -«Mira qué buena es tu hermana, cómo estudia, cómo ayuda» (olvida que cada persona es única y fomenta los celos, las envidias, la competitividad malsana…). 9. -«La ha traído la cigüeña, o bien, son cosas que no te interesan». (imposibilita que se establezcan lazos en torno a una de las esferas en que los hijos más lo necesitan; arroja el amor a la categoría de lo innoble y dificulta cualquier posterior conversación sobre este tema). 10.- «Mira que Dios te va a castigar» (distorsiona inevitablemente la imagen de Dios como Padre amoroso; sustituible con ventaja por algo como: «Dios te ve siempre, quiere tu bien, y sería estupendo que lo tuvieras muy contento»). Tomás Melendo Granados |
Adopción espiritual
Adopción espiritual
Adopción espiritual
Adopción espiritual
Adopción espiritual
Adopción espiritual
Adopción espiritual- Según José Benigno Freire, este planteamiento también afecta a las vacaciones: “Se busca la diversión sin pensar en las consecuencias posteriores”
“Café sin cafeína, chocolate que no engorda o cerveza sin alcohol son algunas de lasmanifestaciones del fenómeno ‘light'. Sin embargo, no sólo responden a un comportamiento snob; detrás se encuentra un entramado psicológico de gran calado que se deriva de la sociocultura actual”. Así se expresó hoy José Benigno Freire, profesor de la Universidad de Navarra. El especialista imparte estos días el curso “Psicología de la afectividad”, organizado por el Instituto de Ciencias para la Familia.
Según explicó, este planteamiento se da a lo largo de todo el año, también durante las vacaciones de verano: “Se quiere un acto, pero no sus consecuencias lógicas. Se busca la mayor diversión posible y no se tienen en cuenta las implicaciones. Resulta normal acabar fatigado tras once meses de trabajo intenso y que el cuerpo necesite unos días para sacudirse de encima el agotamiento. Y todavía es más normal que después de semanas de holganza cueste retomar el estricto ritmo de la vida ordinaria”.
Distinción entre lógica y emoción
José Benigno Freire denunció que algunos no distinguen entre el producto y su sucedáneo, pues “saben igual y gustan lo mismo”. En su opinión, trasladar esta filosofía ‘light’ a las personas significa que “muchedumbres enteras son incapaces de distinguir entre lo lógico y lo emocional. Se valora el comportamiento exclusivamente en clave de imágenes y de sensaciones, de sentimientos”.
“Si nos dejamos arrastrar por los deseos momentáneos -añadió-, el comportamiento del hombre se vuelve contradictorio, y lo peor es que se percibe como habitual y razonable. Pero es imposible actuar como nos viene en gana sin grave riesgo de pérdida de la propia identidad”.
Por otro lado, el profesor de la Universidad de Navarra advirtió de un fenómeno relacionado, el Síndrome de Sissí, que consiste en que “personas depresivas encubren su abatimiento vital con un comportamiento activo y positivo frente a la vida”. En sus palabras, “la sociedad del bienestar lleva mal el soportar situaciones desagradables. Un truco ingenioso para ahorrarnos las pequeñas molestias del vivir consiste en buscar un fármaco que nos alivie los síntomas o psicologizarlas, trasladando a otro nuestra responsabilidad personal”.
Instituto de Ciencias para la Familia
Adopción espiritual
Adopción espiritual
Adopción espiritualUna muy hermosa canción del cantante Nick Cannon que de paso es un testimonio. Pocas veces escuchamos qué puede decir un niño que ha sobrevivido a un aborto o a una intención de aborto. Este es el caso de Nick que canta y agradece a su madre por su decisión:
Adopción espiritual
Adopción espiritualEnrique Monasterio Un retrato robot Son altos, generalmente rubios, de piel tersa y dentadura blindada por la ortodoncia. Lucen pelusilla de albaricoque en la epidermis, y huelen a Nenuco. No han oído hablar de las paperas, de la tosferina ni de los sabañones. Conocen el sarampión por la literatura y la seborrea por los anuncios de la tele. No han sufrido mucho, la verdad: apenas un leve acné en la edad del pavo, y algunas espinillas, curadas con clerasil. Son guapos de puro sanos, metabólicamente hermosos, con esa belleza insolente que tienen los animalitos de exposición. No vivieron ninguna guerra –ni falta que les hace– ni más revoluciones que las musicales. Dios los libró del hambre de la posguerra, del estraperlo y del aceite de hígado de bacalao. No necesitaron abrasarse la epidermis con cataplasmas de linaza; todo lo más, unos untes de Vicks Vaporub. Mastican chicle sin azúcar y desayunan toneladas de cereales flotantes sobre hectolitros de leche pasteurizada, envasada en tetrabrick. Pertenecen –según el antropólogo Kloster– a la dan up generation o generación danone; pero no es justo llamarlos generación, ya que la mayoría de los de su edad viven en órbitas más modestas y corrientes. Mejor sería calificarlos de tribu. Sí, eso es, se trata de la más acomodada, lustrosa y civilizada de las tribus urbanas. Ellas son fuertes y grandes, a veces un poco chicotes; ellos también. Son moderadamente ricos, limpios de cuerpo y, según como se mire, también de alma; macizos, compactos y saludables; sensibles ante las desgracias ajenas y compasivos con los animales domésticos. A veces son piadosos con sus padres, y casi siempre, encantadores con el prójimo. En su habitación, empapelada de pósters, hay un ordenador conectado a internet, una tele, un equipo de música con cuatro bafles, un móvil que le trajeron los reyes, las llaves de la moto y metros cúbicos de ropa en los armarios: pantalones vaqueros (Levis, Liberto, Dockers, Pepe jeans…), zapatillas (Reebok, Nike, Adidas), catorce cinturones y un mando a distancia para controlarlo todo desde la cama. No hay efectos sin causa Su centro de gravedad es la nevera. Tan práctico electrodoméstico les permite desayunar, comer y cenar a la carta, sin oír aquella vieja y odiosa amenaza materna: —¡Si no te lo comes ahora, te lo encontrarás para la cena! Eran otros tiempos, probablemente fascistas, en los que se atentaba contra los derechos humanos más elementales. Los chicos de la generación danone suponen que entre esos derechos humanos, el más irrenunciable es el derecho al placer, al confort civilizado, que aún no está reconocido oficialmente por las Naciones Unidas, pero pronto aparecerá en alguna relación o manifiesto. Sentirse a gusto con el propio cuerpo, es el ideal supremo y el punto de referencia más elevado de todo su sistema moral. —Hija mía –exhortan las madres bimbollo a sus hijas danone– haz lo que sientas que debes hacer. Lo importante es que seas tú misma. Con tan saludables y sencillas admoniciones, el riesgo de agobiarse o de sentirse culpable es mínimo. Por increíble que parezca Son los primogénitos del estado del bienestar, los herederos de la revolución más egoísta de la historia: la revuelta primaveral del 68, en la que sus padres lucharon por una sociedad sin tabúes. Aquella aventura estudiantil tuvo como protagonistas a los chicos mejor alimentados y más conformistas del Planeta. Con sus pantalones campana, sus guitarras eléctricas, sus melenas al viento y sus canciones/protesta de luxe, no luchaban por la liberación de una clase o de un pueblo; envueltos en hermosas palabras –paz, ecología, amor, liberación…–, sólo buscaban librarse del aburrimiento a base de sexo, confort, marihuana fácil y un socialismo light, protector de todos los placeres y perseguidor de intolerantes y puritanos. Allí comenzó la agonía del marxismo, que fue una plaga triste y devastadora, pero que al menos luchaba y pedía sacrificios a sus adeptos. Lo nuevo que venía era tan malo o peor. Lo van a superar De aquella tribu –amortiguada en sus excesos por los años y la obesidad– nacieron los chicos danone. Como digo, son ricos y civilizados, y han aprendido de sus padres que lo importante es cuidar el cuerpo para gozar de él mientras dure. Del alma han oído poco. Vienen –sin demasiada culpa– blanditos como el yogur, sensibles como oropéndolas, cándidamente egoístas como gatos siameses. Algunos de mis amigos son así, y espero que no se enfaden por esta caricatura. Yo sé que un día se levantarán en armas y harán una revolución de verdad, como las antiguas. Lucharán contra sí mismos, contra los valores mezquinos que recibieron de mi generación. Y nos mandarán a hacer gárgaras, que ya va siendo hora. Adopción espiritualK.J. Anand lo afirma en la revista «Pain Clinical Updates» ROMA, miércoles, 7 junio 2006 (ZENIT.org).- El profesor de la Universidad de Kansas K.J.S. Anand, neonatólogo de fama mundial acaba de publicar un estudio en el que demuestra el dolor que siente un feto incluso antes del estado avanzado de gestación. Anand ha publicado un artículo sobre el argumento en el número de junio de 2006 de «Pain Clinical Updates», la revista oficial de «International Association for the Study of Pain» (Asociación Internacional para el Estudio del Dolor), que es considerada mundialmente la fuente más autorizada sobre el argumento. Su estudio nace de la necesidad de ofrecer un punto de referencia, alejado de las polémicas partidistas, porque «el dolor fetal tiene tantas implicaciones que exige un enfoque científico independiente de las polémicas sobre el aborto, derechos de las mujeres o inicio de la vida humana», afirma Anand. Gracias a los estudios de K.J. Anand en los años ochenta, se demostró ya que el recién nacido podía experimentar dolor, por lo que se comenzó a difundir la práctica de suministrar morfina en el momento de las operaciones quirúrgicas a estos pequeños pacientes. Anand comienza su artículo afirmando que «los precedentes argumentos contra la posibilidad del dolor fetal estaban basados en la inmadurez o la inhibición de las neuronas corticales y los estímulos talamocorticales en el feto, dado que estos elementos son considerados esenciales para una percepción consciente del dolor. Pero la inmadurez o la hipofunción de las neuronas corticales no son en sí suficientes para obstruir el dolor fetal». El autor incluye explicaciones sobre la actividad y el desarrollo neuronal y presenta ejemplos de percepción sensorial consciente en el feto. Citando investigaciones precedentes, afirma: «En un atento análisis del comportamiento fetal basado sobre el aprendizaje y la memoria, como evidencias de la función psicológica en el útero, Hepper y Shihidullah concluyen que se da una percepción consciente en el feto». Anand critica los trabajos que ponían en duda la percepción del dolor prenatal, basándose en la peculiaridad del sistema nervioso del feto: «Estos trabajos presuponen que la activación cortical es necesaria para la percepción del dolor por el feto. Este razonamiento ignora el dato clínico de que la ablación de la corteza somatosensorial no altera la percepción del dolor en los adultos». Por lo que concluye: «La evidencia científica muestra como posible e incluso probable que la percepción del dolor en el feto comience antes del periodo avanzado de la gestación». «Nuestros actuales conocimientos sobre el desarrollo --añade-- muestran las estructuras anatómicas, los mecanismos fisiológicos y la evidencia funcional de la percepción del dolor que se desarrolla en el segundo trimestre, cierto no en el primero, pero mucho antes del tercer trimestre de gestación humana». Entrevistado por Zenit sobre el alcance científico de este estudio, el profesor Carlo Bellieni, neonatólogo del Departamento de Terapia Intensiva Neonatal del Policlinico Universitario «Le Scotte» de Siena, ha comentado: «La evidencia científica sobre el dolor del feto encuentra aquí una exposición sistemática por parte de la máxima autoridad mundial». «La lucha contra el dolor de quien no puede expresarse sale reforzada. Por otra parte, no se puede sostener que el niño prematuro de 500 gramos experimenta dolor y negar que el feto del mismo peso no lo experimenta sólo por el hecho de que está todavía en el útero», puntualizó. Adopción espiritualCélulas madre extraídas de grasa humana pueden ser transformadas en células musculares lisas, lo que ofrecería un nuevo modo de tratar varios tipos de enfermedad cardíaca, gastrointestinal y ciertas dolencias en la vejiga, informaron investigadores en Estados Unidos. Si bien el experimento no ofrece una manera de convertir una barriga en un estómago delgado, los especialistas dijeron que las células transformadas se contraían y relajaban igual que las musculares lisas. Ese tipo de células musculares ayudan a que el corazón lata y a que la sangre circule, impulsan el alimento a través del sistema digestivo y hacen que las vejigas se llenen y se vacíen, explicaron los investigadores. El nuevo estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, es el último en demostrar que la grasa puede ser una fuente rica en células madre, las maestras del organismo. "El tejido graso otorgaría una fuente confiable de células musculares lisas que podemos utilizar para regenerar y reparar órganos dañados", manifestó la doctora Larissa Rodriguez, profesora asistente del Departamento de Urología de la Escuela de Medicina de la University of California Los Angeles (UCLA). Rodriguez y sus colegas incubaron células madre derivadas de la adiposidad en una sustanciosa mezcla de factores de crecimiento y proteínas humanas que las incentivaron a convertirse en células musculares lisas. Los investigadores dijeron que los científicos han estado buscando fuentes de musculatura lisa para lograr reparar órganos y tratar la enfermedad cardíaca, ciertas dolencias gastrointestinales y la disfunción de la vejiga. "El principal obstáculo de este tipo de enfoque ha sido encontrar una fuente confiable de células musculares lisas saludables, que puedan ser recogidas de manera segura y que requieran una manipulación mínima", escribieron los autores. GRASA LIMPIA Y SALUDABLE Una de las posibilidades para obtener estas células ha sido tomarlas de algún órgano del propio paciente. Sin embargo, los estudios demostraron que las células madre extraídas de un órgano enfermo también presentan daños y no funcionan bien cuando los científicos intentan hacer que crezcan en el laboratorio, para proceder luego al trasplante. Los trasplantes a partir de la grasa del propio paciente podrían ser utilizados sin necesidad de medicamentos para evitar el rechazo, señaló Rodriguez. Se han producido células musculares lisas a partir de las madre halladas en el cerebro y en la médula espinal, pero extraerlas de la adiposidad es mucho más fácil, agregó la investigadora. Las células madre que se encuentran en la grasa son conocidas como multipotentes. Ellas pueden producir una variedad de células y tipos de tejido, aunque no son tan flexibles como las embrionarias. La semana pasada el presidente George W. Bush vetó un proyecto de ley que hubiera ampliado el financiamiento federal para la investigación con células madre embrionarias. Bush argumentó que prefería que los investigadores llevaran a cabo experimentos con las llamadas células madre adultas, como las utilizadas en el estudio de la UCLA. En una segunda investigación publicada en la misma revista, un grupo de especialistas británicos dijo que halló una importante proteína que mantiene a las células madre en una fase inactiva y sin dividirse. Fiona Watt y sus colegas, de la organización británica Cancer Research UK, estudiaron células madre de la piel humana y descubrieron que una proteína denominada Lrig1 impedía la proliferación de las células epidérmicas. Cuando la producción de Lrig1 era obturada, las células madre comenzaban a crecer y a dividirse. Este hallazgo no sólo ofrece importante información para los investigadores especializados en el tema de las células madre, sino que además ayuda a los especialistas en cáncer, indicó el equipo de Watt. En las personas con cáncer, las células ignoran las señales normales del organismo y se reproducen de manera incontrolable. La proteína descubierta también interviene en la psoriasis. Adopción espiritualFranz-Joseph Huainigg, portavoz parlamentario del Partido Popular Austriaco (democristiano) para Discapacitados, comenta en el diario Der Standard (Der Arzt, das Recht und das Kind 19/7/2006) una reciente sentencia del Tribunal Supremo. En esencia, queda anulada la decisión de dos instancias judiciales inferiores que desestimaron una demanda por daños de una madre contra un doctor por no haber detectado que el niño iba a nacer con Síndrome de Down. Se abre así la posibilidad de una condena contra el médico, si se aprecia que no puso los medios suficientes para detectar la enfermedad. Huainigg subraya lo inaudito del caso: "responsabilizar a un médico de la existencia de una persona", cuando "su única obligación es curar, no decidir sobre el derecho a la vida de un niño". Un error en el diagnóstico prenatal no puede considerarse como negligencia médica, ya que no es posible tratar una discapacidad en el seno materno, y por tanto carece de sentido responsabilizar al médico de una enfermedad contra la que nada puede hacer. Recuerda también el diputado que la legislación austriaca, aunque no penalice el aborto en determinados supuestos, "deja claro que ningún médico está obligado a practicar o a participar en un aborto". Además, "la Constitución prohíbe la discriminación contra las personas con discapacidad", por lo que un niño con Síndrome de Down tiene el mismo derecho a la vida que un niño sano. Es importante para Huainigg clarificar que "no existe el derecho a tener un niño no discapacitado, por lo que tampoco existe la obligación del médico a impedir el nacimiento del discapacitado". En los tiempos actuales se insiste además en la integración de las personas discapacitadas y en la mejora de sus niveles de vida. Poco sentido tiene, desde esta perspectiva, "contemplar la discapacidad sólo como 'daño'". Y menos sentido tiene aún pretender "eliminar la discapacidad del mundo". Tendríamos entonces que hablar de inventar un "derecho" de la madre a matar a su hijo ya nacido, dado que "la mayor parte de las discapacidades se originan en el parto" [es la llamada "eutanasia infantil", que se debate en Holanda]. Hasta ahí la cuestión de principios. Huainigg argumenta además que la sentencia del Supremo va a aumentar la presión sobre los médicos para que utilicen todos los métodos de detección prenatal posibles. "Es discutible que esto beneficie a la madre, ya que también ella sufrirá presiones para que sólo de a luz a un niño sano". Pero la primera víctima es el niño. Esas técnicas de análisis prenatal pueden ser bastante agresivas, de modo que "son previsibles consecuencias negativas para los embriones". Puede originarse una gran paradoja: el médico, cuya misión es curar, estará obligado, si así lo quieren los padres, a realizar pruebas que ponen en peligro la salud del niño y cuya utilidad terapéutica es nula. El temor de Huainigg aumenta al considerar los avances genéticos, que permiten (con riesgos aún mayores para el niño) prever la posibilidad de que la persona desarrolle algunas enfermedades. Con la sentencia del Supremo, "tal vez un médico pueda tener que responder frente a una persona adulta por un cáncer que hubiera podido ser detectado antes del nacimiento". ¡Pues en España condenan por esto! Adopción espiritualHace unos días se informaba en todos los medios de comunicación, y con especial énfasis en los locales y regionales, de que en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla había nacido una niña "libre de taras genéticas" gracias a las nuevas técnicas médicas de las que Andalucía se presenta como abanderada. Pude leer en algunos medios que estas técnicas habían curado a la niña y permitido su feliz y sano alumbramiento. Sería oportuno aclarar la noticia y justo reclamar al menos un mínimo rigor a los medios, e informar de que a esta niña -de cuyo sano nacimiento todos nos alegramos- no ha sido curada de nada por ningún médico. Esa avanzada técnica de la que algunos presumen consiste en observar un determinado número de embriones -es decir, de seres humanos en su primera etapa de vida- para escoger aquel que cumpla determinadas características -en este caso carecer de una tara genética, en otros en función de su sexo u otra condición- y desechar el resto. Al sano no se le practica ninguna cura, ningún tratamiento. Simplemente se le escoge por ser mejor que sus hermanos, a los que se sentencia a muerte por no ser "apropiados". O dicho de otra manera, una simple y clara eugenesia: La destrucción del imperfecto para quedarnos con el mejor. Lo que cuando se trata de seres humanos me resulta escalofriante. Una niña sana ha nacido. Bienvenida sea. Unos supuestos médicos y científicos con sueldos a cargo de nuestros impuestos han sido los encargados de elegirla a ella y exterminar a sus hermanos. ¿En nombre de qué progreso? No en mi nombre. Gonzalo García Yangüela Totalmente de acuerdo, Gonzalo Adopción espiritual | |