La muerte del niño avilesino en diciembre enero de 2005 con aprobación judicial cuyo único delito fue ser hijo de una deficiente, nos pone en marcha para que no haya más asesinatos.
Defendemos también una mayor formación
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Tiene todos los síntomas del stress post-aborto: depresión, sentimiento de culpa e inapetencia por la vida. ¿Su única ilusión? Que su testimonio ayude a otras madres a seguir adelante con su embarazo.
Aplaude a los médicos navarros que practican la objeción de conciencia y censura a los políticos que “desconocen el desgarro que supone un aborto para una mujer”
Por Luis Losada Pescador
La llamaremos Rosario para preservar su intimidad. En 1995 queda embarazada de su actual marido, un hombre separado, 12 años mayor que ella, y con hijos de su anterior pareja. “Mi marido no lo aceptó y sus hijos tampoco; me presionaron para que abortara y lamentablemente, lo hice”, señala a ALBA. Tenía entonces 38 años y estaba sola. Nadie la apoyó. Ni sus amigas, ni su hermana mayor: “Rosario, tienes que ir a Barcelona”
Acudió al centro Tutor Médica de Barcelona. “Me entrevistaron durante dos minutos, yo estaba muy nerviosa porque en el fondo no quería hacerlo”. ¿Y qué pasó? “Me preguntaron si estaba segura y yo les dije que sí”. ¿Por qué? “Estaba muy enamorada del que poco después fue mi marido; no quería perderle”. Por supuesto, Rosario no encajaba en ninguno de los tres supuestos despenalizadores contemplados en la Ley. Su cuadro de angustia y nerviosismo recomendaba todo menos el aborto. Pero el negocio es el negocio.
Tras el trago, Rosario vive un infierno latente. Pero su meta era conquistar a los hijos de su marido y afianzar la relación de pareja y familiar. Sufría en silencio, recordaba al hijo que nunca llegó a ver, pero la ilusión por su proyecto vital ahogaba el grito silencioso de lo más profundo. Su marido, más frío, le decía que “había que pasar página”, que tenían que mirar hacia el futuro. ‘A lo hecho, pecho’.
Rosario tuvo éxito en sus objetivos. La relación con su marido fue satisfactoria y consiguió ganarse a los hijos de su marido, llegándolos a considerar casi suyos. Todo iba razonablemente bien hasta que 12 años después de su aborto acompaña a un familiar a Barcelona a hacerse una ‘reducción embrionaria’. Se había implantado 3 embriones por inseminación artificial y resultaron los tres viables. “Ella no quería tener hijos de golpe y además tenía miedo de las posibles complicaciones que pudiera tener”. Así que Rosario acompaña a su familiar a la clínica Dexeus de Barcelona.
Y es aquí cuando su angustia interior aflora de manera salvaje. “Vi la ecografía, era la misma que la de mi hijo; mi hijo tenía cuatro meses, su corazón latía perfectamente, estaba todo bien”, señala entre lágrimas. Desde entonces, Rosario vive un absoluto infierno. No se perdona “haber matado” a su propio hijo. “Fue muy grave lo que hice”, señala evidenciando un sentimiento de culpa desgarrador. Fue entonces cuando Rosario vio en televisión el testimonio de otra mujer que había abortado y el teléfono 900 500 505 de la Asociación de Víctimas del Aborto que ofrece apoyo jurídico, social y psicológico a las mujeres que han pasado por un aborto. “Me han apoyado mucho”.
Aún así, Rosario tiene ahora pesadillas por las noches. Sueña con el hijo que no vio la luz. Duerme mal, tiene depresiones y acude regularmente al psiquiatra. “Tengo en lo material lo que cualquier persona desearía tener, pero no tengo ilusión por nada; algunas veces desearía morirme para terminar de una vez con este dolor”, apunta entre sollozos. Su vida de pareja está casi rota. Ha estado a punto de separarse en varias ocasiones. Su marido sufre al verla sufrir. La relación con los hijos de su marido está seriamente deteriorada. “No puedo ver a quien me forzó a tomar esa decisión; sé que debo de superarlo, pero sencillamente no puedo”.
Testimonio reparador
¿Su única ilusión? Que su testimonio sirva para que otras madres puedan seguir adelante con su embarazo. Es la ‘exigencia de reparación’ a la que se refiere la psiquiatra navarra Carmina Gómez-Lavín. Por eso Rosario acude a los medios a dar su testimonio y colabora con la Asociación Navarra en Defensa de la Vida. Quiere testimoniar las secuelas psíquicas que puede dejar el aborto en una mujer aún después de tanto tiempo.
Desde luego si hubiera moviola, no lo volvería a repetir. “Es lo peor que le puede pasar a una mujer en su vida”, concluye. Por eso aplaude a los médicos navarros que han planteado la objeción de conciencia al aborto. “Si un médico supiera lo que sufre una mujer cuando aborta, estoy segura que no lo haría”. Así que Rosario cree que si los médicos quieren preservar la salud física y psíquica de la mujer, “deben objetar en conciencia y no practicar abortos”.
Rosario tampoco se olvida de los diputados forales que estos días deberán debatir una proposición del Partido Socialista de Navarra para defender el ‘derecho’ de las navarras a abortar en la comunidad foral. “Hay que proteger a la mujer de algo tan dañino como es el aborto; lo social y progresista es ayudar a las embarazadas y no favorecer a las empresas de abortos”, concluye.
La fe me ayuda a seguir adelante
Rosario fue educada en un colegio de monjas en donde estuvo interna. Nunca ha dejado de ser creyente, aunque sí practicante. Ahora se aferra a la fe para seguir adelante. “Le pido a Dios fuerzas para sobrellevar este sufrimiento”. Desde luego, saberse perdonada por Dios es un alivio espiritual, pero siempre psicológico. Antes hay que personarse uno mismo. Además, Rosario sale al paso de quienes piensan que el sentimiento de culpa existe sólo en las mujeres creyentes. “No, eso no tiene nada que ver, siento culpa porque he matado a mi hijo y eso seguro que les ocurre a todas las mujeres”.
Autor: Luis Losada Pescador
Publicado en: Semanario Alba