Te dejé en un congelador...
Llega esta carta a nuestra redacción. «Ahora que he encontrado a unas
personas buenas y religiosas que me han ayudado, y que Dios, en su
infinito amor y misericordia, me ha perdonado, sólo necesito acabar de
perdonarme a mí misma y que me perdones tú. Me han dicho que ahora eres
un angelito que velas por nosotros desde el cielo. Te quiero, mi
pequeño regalito de Dios... Perdóname por no haberte querido lo
suficiente»
La carta empieza así: «Señor director de Alfa y Omega. Mi mujer leyó él artículo del pasado 7 de febrero titulado El Padre os espera para ofreceros su perdón y su paz, en el que se reproducían fragmentos de la encíclica Evangelium vitae,
de Juan Pablo II, relativos a las mujeres que habían abortado, y
decidió enviarles esta carta. Las frases que más le impresionaron
fueron las siguientes: ... las mujeres que llevan sobre sí esta herida pueden encender luces de verdad que despierten las conciencias. Y Juan Pablo II espera de las mujeres ese testimonio de amor.
Como ve, en la carta se relata una experiencia terrible, en la que lo
único hermoso es el arrepentimiento y la misericordia del Señor. Mi
mujer se ha sentido llamada a escribirles y les ruega la publicación de
la carta, pues puede servir para dar testimonio de la magnitud del
horror del aborto y del daño que esta conducta inmoral causa no sólo al
niño, obviamente, sino también a la madre. También puede ayudar a las
mujeres que han abortado a reconciliarse con el Padre y a encontrar la
paz que sólo Él puede dar. Si deciden publicarla, les rogamos que lo
hagan con un nombre supuesto».
Carta de una madre:
Mi querido niño, mi tesoro, mi pequeño regalito de Dios, ya sabes el
poco tiempo que estuvimos juntos y cómo te echo de menos. Te escribo
para decirte que te quiero, que me duele profundamente no haberte
querido lo suficiente para impedir que te arrancaran de mis entrañas, y
por eso te pido perdón; por haber tenido la debilidad de acercarme a
una clínica, cuando había tenido tantas veces anteriormente la
fortaleza de no ir, aunque tuviera pedida cita.
Sé que te quería, porque la primera vez que pedí cita fue por teléfono.
Era más fácil, y después lloré. Como ya te he contado me movían el
egoísmo y la cobardía, pero ahora sé que no hay razón suficientemente
importante.
Aquel fatídico último día fui a la clínica diciendo que tenía dudas,
porque sentía pena por ti. Pedí que me hicieran una ecografía para
seguir adelante, a pesar de todo, si eras niña. Me dijeron que no lo
eras y, casi sin tiempo de reaccionar, ya me habían puesto algo para
dilatar el cuello del útero. Cuando me incorporé de la camilla y vi tu
carita congelada en el monitor del ecógrafo, comencé a llorar y ya no
he parado desde entonces. Me pregunto ahora por qué no salí corriendo a
pedir ayuda para no perder a mi niño, en lugar de quedarme allí
llorando, esperando a pasar al quirófano, como oveja al matadero; pero
supongo que los dos valiums y la inyección que me pusieron ayudaron a
ello. Así que allí me quedé, y pasé a un quirófano en el que no te di a
luz, aunque dolió tanto como un parto sin epidural, sino que te di a la
oscuridad; donde dejó de latir tu corazoncito; y donde no se oyó tu
llanto, después de llenarse de aire tus pulmones, sino el ruido
infernal de un aspirador y la voz del ginecólogo que decía: «Ya no
estás embarazada». En ese momento hubiera deseado volver a llorar, pero
entonces el dolor no me dejaba, sólo podía apretar los dientes y los
puños para intentar soportarlo, y quedarme muy quieta porque me habían
dicho que, si no lo hacía, corría peligro mi vida.
No se oyó más llanto que el mío, cuando me incorporé y le pregunté al
ginecólogo qué harían contigo. Y así me volví a casa, dejándote allí,
en un congelador, sin el calor de mis entrañas, y sintiéndome vacía y
con un terrible dolor y remordimiento.
Ahora, que he encontrado a unas personas profundamente buenas y
religiosas que me han ayudado, y que Dios, en su infinito amor y
misericordia, me ha perdonado, sólo necesito acabar de perdonarme a mí
misma y que me perdones tú.
Me han dicho que ahora eres un angelito que velas por nosotros desde el
cielo. La verdad es que esa idea no me consuela mucho, más bien me hace
llorar; pero pienso que, si es así, eso significa que algún día
podremos volver a vernos, y entonces podré darte todos los besos y
abrazos que no pude darte aquí, y tú tal vez puedas decirme como me
decía uno de tus hermanos: Uno beso, mamá.
Te quiero, mi pequeño regalito de Dios. Perdóname por no haberte querido lo suficiente.
Diez minutos de debilidad...
Esto quiere ser también una carta de denuncia hacia la sociedad que
muchas veces empuja a la mujer a abortar, y sin embargo vive de
espaldas a esa realidad y desconoce el enorme dolor físico y psíquico
que sufre la mujer que aborta y del que nadie le informa antes de tomar
esa decisión. Una denuncia de lo terriblemente fácil que es abortar en
España; sólo se necesita pensar que tu embarazo es un problema, y un
día, acaso diez minutos de debilidad, encontrarás a unos médicos
dispuestos a certificar que tu salud psíquica corre peligro y arrancar
a ese niño de tus entrañas a cambio de unos cuantos euros, mintiéndote
sobre cómo será el proceso y sin informarte sobre las secuelas físicas
y psicológicas.
Ésa es la realidad a la que espero que poco a poco hagamos frente. Será
difícil, porque parece que lo progresista es ayudar a la mujer a
abortar, cuando lo progresista sería informarle adecuadamente, y
ofrecerle otras soluciones cuando piensa que ésa es la única. Porque
esa vida que crece en nuestras entrañas no nos pertenece a nosotras,
sino a Dios, y eso lo digo ahora, yo, que era de las que estaba a favor
del aborto... He tenido que pasar por esa terrible experiencia para
cambiar de idea. Hagamos que el menor número posible de mujeres tengan
que pasar por esa experiencia.
Una madre Publicado en Alfa y Omega
AbortoTags: testimonios, SPA