Domingo, 23 de octubre de 2005



Un nuevo estudio explora sus efectos negativos

CHICAGO, 22 de octubre de 2005 (ZENIT.org).- Una cuarta parte de los adultos norteamericanos entre 18 y 35 a?os han crecido en familias divorciadas. El impacto del divorcio en ellos es el hilo conductor de un nuevo libro, ?Between Two Worlds: The Inner Lives of Children of Divorce? (Entre dos Mundos: las Vidas ?ntimas de los Hijos del Divorcio) (Crown Publishers).

La autora, Elizabeth Marquardt, entrevist? a 1.500 adultos j?venes tanto de familias divorciadas como de familias intactas, y llev? a cabo entrevistas en profundidad con m?s de 70 de ellos. Su conclusi?n: ?Aunque el divorcio es en ocasiones necesario, no existe ninguno que pueda ser calificado como un buen divorcio?.

Marquardt reconoce que los hijos en los matrimonios con grandes conflictos, o en situaciones donde hay violencia, se benefician con el divorcio. Tales casos, sin embargo, implican s?lo a un tercio de los divorcios, y los hijos de los matrimonios con conflictos de baja intensidad acaban peor tras el divorcio. Y, aunque hace notar que la mayor?a de los padres se toma en serio la decisi?n de divorciarse, Marquardt les anima a intentar preservar, incluso con m?s insistencia, sus matrimonios, dado el coste que implica para sus hijos.

Incluso si un divorcio es amistoso, y la pareja mantiene una buena relaci?n tras la separaci?n, e incluso aunque sigan queriendo y cuidando a sus hijos, esto no elimina ?la reestructuraci?n radical del universo del ni?o?, sostiene la autora.

El momento en el que los padres se separan es s?lo el comienzo de la reestructuraci?n. Cerca de dos tercios de los hijos del divorcio entrevistados por Marquardt dicen que sintieron que crec?an en dos familias, en vez de en una. Crecer en dos mundos crea toda una serie de problemas, comenzando por el hecho de que ambos padres ya no son ?residentes?, o una parte de la familia.

Mundos paralelos

En el matrimonio, explica Marquardt, los padres suelen tener sus diferencias, pero trabajan juntos por superarlas y tratan de dar a la vida familia una unidad. Pero un divorcio suele empujar a los ex c?nyuges a definirse a s? mismos en oposici?n al otro. De ah? que las creencias y valores de los dos padres, en lugar de lograr un equilibrio, existan en paralelo, creando para los hijos contrastes y conflictos, en vez de unidad.

Tras la ruptura, el conflicto entre los ex c?nyuges puede quedar ya cerrado, pero el conflicto entre los dos mundos es todav?a muy vivo, observa Marquardt. En contraste, un hijo en una familia unida no tiene que pasar mucho tiempo ni esforzarse en reconciliar las diferencias entre los dos padres, y puede concentrarse en gozar de su vida diaria.

De esta forma, los hijos de las parejas divorciadas se ven forzados a entrar en un mundo adulto de responsabilidades y preocupaciones a una edad muy temprana. Las entrevistas de Marquardt han revelado que, incluso entre aquellos ni?os cuyos padres han llevado bien su divorcio (en t?rminos de reducir el impacto en sus hijos), cerca de la mitad coincidieron en que se sintieron siempre como adultos, incluso aunque fueran muy j?venes. Esta proporci?n alcanza los dos tercios entre los hijos cuyos padres tuvieron divorcios m?s problem?ticos.

Tras el divorcio, muchos de los ni?os sintieron que ten?an la responsabilidad de proteger a sus madres, y un sustancial n?mero de ellos tuvo que asumir mayores deberes a la hora de cuidar a sus hermanos. Esto tambi?n ocurre en las familias en las que un progenitor muere o est? gravemente enfermo; la diferencia con el divorcio estriba en que los hijos saben que esto ocurre como resultado de una elecci?n voluntaria por parte de al menos uno de los progenitores.

La forma en que tiene lugar el divorcio tambi?n suele herir a los hijos, cuenta Marquardt. En una situaci?n ideal, los padres reunir?an a los hijos y explicar?an cuidadosamente cada cosa, y los tranquilizar?an sobre el futuro. Sin embargo, la ruptura de un matrimonio suele ser confusa y ca?tica, haciendo dif?cil que los padres organicen bien el anuncio inicial a sus hijos, informa la autora.

Adem?s, los adultos suelen ser vulnerables y estar apenados o bajo shock. Puede ser duro para los hijos ver a sus padres en esta situaci?n. Y esto tambi?n significa que, precisamente cuando los hijos tienen necesidad de ser reconfortados, es cuando menos pueden volverse a sus padres buscando apoyo.

Surgen otros problemas en el periodo tras el divorcio, cuando los hijos tienen que enfrentarse a los conflictos y cr?ticas entre los ex-c?nyuges. Los adultos j?venes que crecieron en familias divorciadas le confesaron a Marquardt c?mo se sent?an obligados a ser cuidadosos con lo que dec?an a cada progenitor respecto del otro. Dicha informaci?n pod?a conducir a lastimar sentimientos o cosechar cr?ticas sobre el otro progenitor.

Forjar valores

El libro de Marquardt se centra en el impacto del divorcio en las vidas morales de los hijos. Los hijos sienten un conflicto cuando experimentan valores y modos de vida diferentes en cada uno de los hogares de los progenitores separados. El resultado es que los hijos han de forjar sus propios valores y creencias, sostiene la autora.

Normalmente, los hijos absorben los valores de sus padres en un proceso natural y gradual, sin tener que hacer un esfuerzo consciente. Es cierto que suele haber diferencias entre los padres, pero en conjunto los hijos ven a los valores de sus padres como complementarios. Y los padres normalmente trabajan unidos, respald?ndose su autoridad el uno al otro.

Sin embargo, los j?venes adultos estudiados por Marquardt raramente pensaron en los valores de sus padres como en algo unificado. Las diferencias en asuntos peque?os como las rutinas del hogar o las normas de disciplina, o en temas m?s importantes como los valores morales y las ambiciones para sus hijos, se separaron m?s a?n tras el divorcio. Esto lleva a que los hijos se sientan confundidos, y se enfrenten a la tarea de construir sus propios valores en medio de este conflicto.

Las diferencias entre los dos hogares van mucho m?s all? de una situaci?n social inc?moda, donde no deseamos ofender a nadie, comenta Marquardt. Los conflictos se dan entre las dos personas m?s importantes para la vida de un ni?o ? y estas se?ales cruzadas se dirigen a la esencia de la identidad del ni?o.

Una consecuencia es que, de los hijos entrevistados, el 24% de los procedentes de familias divorciadas dicen que no comparten los mismos valores morales que sus padres. Y el 17% sintieron lo mismo de sus madres. Esto se puede comparar con los hijos de las familias intactas, donde s?lo el 6% dicen que no comparten los mismos valores que sus padres.

Al preguntarles de qui?n adquirieron el sentido de lo correcto e incorrecto, los hijos de divorciados nombraban a las madres, y rara vez a los padres. Al exig?rseles a estos ni?os que forjaran sus propios valores, concluye Marquardt, se explica por qu? tienen ?ndices m?s altos de problemas como el consumo de sustancias, embarazos adolescentes y delincuencia.

Otro descubrimiento del estudio es que los j?venes adultos de hoy que fueron hijos de divorciados son menos religiosos en general de lo que lo son los provenientes de familias intactas. En ocasiones, el sufrimiento causado por el divorcio de sus padres les llev? a cuestionar su fe en Dios. Otros intentan motivarse buscando respuestas a sus dudas en la fe religiosa, pero el proceso puede convertirse en una lucha.

En general, los adultos j?venes de familias divorciadas son menos propensos a ser religiosos o a practicar su fe que aquellos provenientes de familias intactas. Son tambi?n m?s propensos a dudar de la sinceridad de la fe sus padres.

Marquardt concluye observando que los hijos requieren matrimonios fuertes y duraderos para tener el hogar seguro que necesitan para crecer. No son como una propiedad que se pueda dividir, sino que necesitan amor, estabilidad y gu?a moral. Esto significa que hay que cambiar nuestra forma de pensar sobre el matrimonio. Los progenitores, abogaba ella, no s?lo deben amar a sus hijos, sino tambi?n deben amarse y perdonarse el uno al otro, para mantener una familia que dure toda la vida.
ZSI05102201

Adopcion Espiritual

Publicado por Galsuinda @ 0:19
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