Lunes, 28 de noviembre de 2005

Si para algunas personas es inaceptable asociar el aborto con un de- terminado tipo de gente, y por supuesto, lo es, ?por qu? entonces lo vemos justificado en el caso de los ni?os con discapacidades?.

He estado luchando con esta cuesti?n desde el nacimiento de mi hija Margaret, desde que ella abri? sus grandes ojos azules y recibimos la primera se?al de que hab?a una persona hecha y derecha detr?s de ellos. Siempre que salgo con Margaret soy consciente de que ella representa un grupo que se est? extinguiendo debido a la elevada disponibilidad de los test prenatales y del aborto. No s? cu?ntos embarazos se truncan debido al diagn?stico prenatal del s?ndrome de Down, pero algunos estudios los cifran entre el 80 y el 90 por ciento.

A medida que Margaret crece, especialmente aqu? en el pa?s del cuerpo perfecto, veo c?mo la gente la mira: curiosa, sorprendida, algunas veces cautelosa, ocasionalmente desaprobadora o alarmada. S? que muchas mujeres en edad de procrear que han juzgado a Margaret han concluido que estas vidas no merecen la pena ser vividas. Para ellas, Margaret se encuadra en la categor?a de sufrimiento humano evitable. Tr?gico error, seg?n algunos; una vida surgida del movimiento provida para otros. Menos que humana. Un las- tre para la sociedad. Que alguien a quien amo sea visto de esta manera es un dolor inexplicable para m?.

Esta visi?n est? particularmente radicalizada aqu?, en el Estado de California, pero la encuentro en todas partes, tanto en ?mbitos acad?micos como en barrios humildes. No hace mucho, en una cena social me sentaron al lado del director de un programa de ?tica de una gran universidad. En un comentario a una pregunta, dijo que ?l cre?a que los padres ten?an obligaci?n moral de hacer el test prenatal e interrumpir el embarazo para evitar que nazca un ni?o discapacitado, porque era inmoral someter a un ni?o al tipo de sufrimiento que tendr?a que afrontar (Cuando comenc? a relatarle la experiencia de mi familia, sonri? cort?smente y se gir? hacia la se?ora de su izquierda).

Margaret no ve su vida como sufrimiento humano cr?nico (aunque est? molesta de que no le compre una iPod). Se preocupa de cosas m?s importantes, como los resultados del Bost?n Red Sox o el baile al que asistir? el fin de semana. Sin duda, ella desea aprender m?s r?pidamente y sacar mejores notas en matem?ticas. Pero eso no arruina nuestro d?a, y mucho menos nuestras vidas. Son las actitudes sociales negativas las que nos hacen sufrir.

Muchas mujeres j?venes me han preguntado cu?ndo hice el test. Yo interpreto la cuesti?n como un "consiga gratis la tarjeta". Si digo que s? me lo hice, imaginan que soy una v?ctima de las circunstancias, y por lo tanto impl?citamente no rechazan la decisi?n que puedan hacer ellas de abortar si piensan que pudiera haber anomal?as. Si les digo que no, entonces significa que soy una tuerca del engranaje antiabortista cuya elecci?n no es relevante para sus vidas; en cualquier caso, ellas siempre tienen raz?n.

En la antigua Grecia, los beb?s con taras eran abandonados a la intemperie. En Estados Unidos acudimos al test gen?tico prenatal para hacer nuestra selecci?n en privado, pero el efecto sobre la sociedad es el mismo. Ya no nace ninguno.

El viejo pediatra de Margaret me dice que hace a?os acostumbraba a tener un flujo estable de pacientes con s?ndrome de Down. Ya no. En la costa occidental de Los Angeles ya no nace ninguno, me confiesa. La iron?a es que atravesamos un tiempo donde los avances m?dicos est?n cambiando profundamente lo que significa vivir con discapacidades. Hace a?os las personas con Down viv?an a menudo en instituciones. Muchas ten?an salud endeble, cuidados limitados y escasas habilidades sociales; no sab?an leer y mor?an j?venes. Se pensaba que todos sus problemas eran incorregibles, causados por su anomal?a gen?tica.

Ahora est? claro que estas personas estaban limitadas tanto por la propia institucionalizaci?n, bajas expectativas, carencia de educaci?n y pobres cuidados, como por su ADN. Hoy viven m?s tiempo y con mejor salud. Y gracias a las reformas educativas de los ?ltimos a?os, terminan la escuela secundaria, viven con m?s independencia y son contratados por empresas. Es la tecla racional. En cuanto a la emocional, Margaret es una persona y un miembro de mi familia. Tiene los ojos de mi marido, mi pelo y el sentido del humor de mi suegra. La queremos y admiramos como es, luchadora y llena de vida, no a pesar de ella. Enriquece nuestras vidas.

Lo que no entiendo es c?mo nosotros como sociedad podemos t?- citamente calificar a un grupo de gente como "sin valor". Me gustar?a pensar que ya es hora de poner este tema sobre la mesa y hablar de ?l, pero no soy optimista. La gente quiere un beb? perfecto, una vida perfecta. A esos les digo: buena suerte; o quiz?, sue?a con ello.

Y aqu? hay una pieza m?s de un equipaje indiscutible: es una cuesti?n peque?a, pero significante, de lo que conduce a la discusi?n sobre el aborto. Tengo que pensar que hay muchos defensores del aborto que, mientras apoyan los derechos de la gente discapacitada, quieren al mismo tiempo preservar su derecho de asegurar que nadie con discapacidad nacer? en su propia familia. El debate del aborto no es s?lo sobre el derecho de la mujer a elegir cu?ndo tener un ni?o; es tambi?n sobre el derecho de la mujer a elegir qu? ni?o quiere tener.

J. Patricia E Nacer, The Washinton Post
Traducido y publicado por DM, 24-X-2005
Adopci?n espiritual

Publicado por Galsuinda @ 12:38  | Pelayo, su historia
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