Viernes, 09 de diciembre de 2005


Despu?s de pensarlo con calma, considero que en la pr?ctica diaria existe una clave suprema y casi infalible que asegura el triunfo de cualquier matrimonio: la capacidad de perdonar y pedir perd?n. Y que esa actitud depende en buena medida de la que adoptemos ante los defectos del propio c?nyuge: aceptarlos, conforme los vayamos descubriendo, y, si no son ofensa de Dios, esforzarnos por comprenderlos e incluso amarlos.

Presunci?n de inocencia

Y es que, por m?s que luche por corregir esas faltas, a lo largo de la vida se har?n m?s de una vez presentes, con las molestias que suelen llevar aparejadas y que exigen del otro consorte una decidida e incondicionada resoluci?n de pasarlas por alto cuantas veces fuere necesario? como los ignoramos ?m?s a?n, los ?comprendemos? y nos producen ternura? cuando se trata de nuestros hijos peque?os? que no son muy distintos de nuestro c?nyuge, ?especialmente del marido!

Volviendo al perd?n, lo estimo tan relevante que cabr?a sostener que el ?s?? del d?a de la boda resultar? vano si no se encuentra reforzado y protegido, desde entonces y a lo largo de toda la vida en com?n, por la decisi?n de perdonar siempre que la persona amada o bien no advierta el agravio infligido al c?nyuge o bien, al percibirlo, se muestre sinceramente arrepentida y luche por corregirse.

Para lograrlo resulta muy conveniente que en cada uno de los miembros del matrimonio reine incontrastada la ?presunci?n de inocencia? respecto al otro. Esto es, el firme convencimiento de que, aunque las apariencias pudieran dar a entender lo contrario, nuestro esposo o esposa nunca realiza nada con la intenci?n de ?fastidiarnos?.

Si las propias disposiciones hacia el otro son las de hacerle la vida lo m?s agradable posible, ?qu? nos autoriza a presumir que ?l o ella habr?a de actuar con fines menos rectos? Una cosa es el error o el descuido, f?cilmente tolerables si se advierten como tales (reitero la comparaci?n con nuestros hijos de corta edad), y otra muy distinta, y rar?sima en un matrimonio normalmente constituido, el af?n de herir o hacer da?o de manera consciente y premeditada, incluso en los momentos de cansancio o aburrimiento o nerviosismo o en las explosiones de mal genio derivadas de esas circunstancias.

Reflexionar a menudo cuando la mar est? en calma sobre esta verdad casi obvia facilitar? enormemente el disculpar o incluso pasar por alto ??no advertirlos!? los roces y las tensiones originadas por el tr?fago de la existencia cotidiana.

Perdonar, olvidar... Para curar

Tal vez por eso, la disposici?n habitual de perdonar y solicitar el perd?n constitu?a para San Josemar?a Escriv? una de las pruebas m?s esencialmente significativas del amor entre los esposos? y del mismo amor de Dios, de Quien le admiraba, m?s a?n que su poder creador y la maravilla de la Encarnaci?n, justo Su reiterado y siempre actual af?n por perdonar a quienes le ofendemos y, compungidos, volvemos al combate.

Pues bien, a ese Dios que sale a nuestro paso, se nos acerca, nos sana, indulta y olvida, hemos de intentar asemejarnos los esposos. Teniendo en cuenta que el resultado ser? siempre un incremento de nuestro amor rec?proco, porque s?lo en ese amor haya su fundamento la capacidad de perdonar? y de olvidar y curar, haciendo desaparecer la afrenta y las huellas que pudiera dejar en nosotros y en nuestro c?nyuge.

A este respecto, me gusta recordar unas palabras de ?tienne Gilson: ?El Dios de nuestra Iglesia no es s?lo un juez que perdona, es un juez que puede perdonar porque es, primero, un m?dico que cura? ? y goza ?que ?l me excuse la aparente irreverencia? de una colosal ?mala memoria?.

En realidad, para nosotros los humanos, perdonar y olvidar de veras incluye la m?xima eficacia alcanzable: es, en cierto modo, nuestra manera m?s real de curar, lo que m?s se acerca a cauterizar definitivamente la herida. De ah? la alusi?n un tanto cari?osa y bromista a la ?mala memoria? divina que, sin embargo, es un recurso de tremenda eficiencia, y nada metaf?rico, en la vida conyugal.

En esta l?nea, recuerda Paul Jonhson: ?los secretos de un matrimonio bien trabajado son paciencia y perseverancia, tolerancia y dominio de s?, estoicismo y tenacidad, resistencia, disposici?n a perdonar y, a falta de todo eso, mala memoria: ?nada menos!?. Y comenta Amadeo Aparicio: ?No es f?cil adquirir una buena mala memoria. El peso de los recuerdos, la dificultad de olvidar ciertas cosas, la actitud rencorosa que, en una discusi?n, saca todos los trapos a relucir, y el apasionamiento de la pol?mica que lleva a decir m?s de lo que uno quisiera, hacen complicado el entendimiento entre ambos. Y es imprescindible ejercitarse en el olvido, sustituyendo los ?malos recuerdos? por una voluntad decidida de perd?n?.

Resumiendo: la firme decisi?n de perdonar e, incluso antes, de pedir perd?n, con todo lo que lleva aparejado de comprensi?n y olvido, compone una de las actitudes b?sicas m?s ?rentables? de todo hogar que aspire a cumplir su cometido en este mundo, generando e irradiando hacia quienes lo rodean felicidad y contento.

Lo confirma la reflexi?n de un santo del siglo XX en torno a las peque?as trifulcas que surgen en la convivencia. En tales circunstancias ?nos aconseja?, ?debemos acostumbrarnos a pensar que nunca tenemos toda la raz?n. Incluso se puede decir que, en asuntos de ordinario tan opinables, mientras m?s seguro se est? de tener toda la raz?n, tanto m?s indudable es que no la tenemos. Discurriendo de este modo, resulta luego m?s sencillo rectificar y, si hace falta, pedir perd?n, que es la mejor manera de acabar con un enfado: as? se llega a la paz y al cari?o?.

Al estilo de Dios

Pero ?por qu? perdonar y pedir perd?n se muestran tan eficaces en la vida matrimonial y mejoran de manera casi insuperable la calidad personal de los c?nyuges, purificando e incrementando su amor rec?proco? Por una raz?n relativamente sencilla y ya insinuada: por cuanto todo ello asimila el afecto mutuo de los esposos al Amor infinito de Dios.

Como acabamos de sugerir, otorgar un perd?n sin condiciones puede considerarse como una de las operaciones m?s caracterizadoras y exclusivas y portentosas del Dios omnipotente y amoros?simo. ?Errar es humano, perdonar divino?, aseguraba Pope. Por eso perdonar de coraz?n, sin falsas reservas ni retrancas, olvidando realmente la injuria y, desde este punto de vista, haci?ndola desaparecer, acerca infinitamente a Dios a quien perdona y provoca una gratitud tambi?n cuasi divina en quien as? se siente amado.

Muchas veces se ha comentado que el amor permite ver al ser amado con ojos divinos. (?Gracias quiero dar al divino / laberinto de los efectos y de las causas ?escribi? Borges? / [?] por el amor, que nos deja ver a los otros / como los ve la divinidad, / ??. Ahora bien, parece evidente que Dios observa a las personas con una mirada afabil?sima, que pone en primer t?rmino cuanto de bueno, de grandioso, ?l est? produciendo y conservando en cada una. No es que ignore nuestros defectos, pues nos conoce con la m?xima perfecci?n; pero los calibra en sus justas dimensiones, m?s como carencias que como entidades positivas. Y, dentro de la persona, cualquier d?ficit no representa sino un detalle casi irrelevante frente a la grandeza sublime de su eminente dignidad.

El amor de Dios se dirige, directo y eficaz, como una saeta bien orientada, hacia el n?cleo m?s ?ntimo del ser humano: y ese meollo, la m?dula de la persona, es merecedor, por gratuita d?diva divina, de un amor incondicionado? incluso cuando transitoriamente la criatura se vuelve contra su Creador.

De ah? que San Josemar?a Escriv?, que vivi? con intensidad suma el amor a Dios y a los hombres pudiera llegar a sostener que ?l no necesitaba perdonar? justamente porque Dios le hab?a ense?ado a amar sin reservas ni distingos. Y as?, de Dios, debemos aprender los c?nyuges.

Motivos para amar? y pasar por alto la ofensa

Y es que, cuando se quiere de veras, el presunto ultraje, la descortes?a o el desinter?s resultan como anegados por la abundancia de realidades positivas que aquel a quien se estima nos ha demostrado a lo largo de toda su existencia y nos sigue mostrando incluso en esos momentos menos conseguidos. Y de ah?, como suger?a, que ante un amor sincero y apasionado, el agravio pasa muchas veces inadvertido y no requiere ser exculpado: remedando e invirtiendo radicalmente el sentido del no muy feliz dicho popular, cabr?a sostener que ?no ofende el que quiere? ni el que es querido?.

La clave, como de costumbre, es el amor. Lo sostiene esta cita, que a la par resume y confirma mucho de lo anteriormente expuesto: ?Cada uno de nosotros tiene su car?cter, sus gustos personales, su genio ?su mal genio, a veces? y sus defectos. Cada uno tiene tambi?n cosas agradables en su personalidad, y por eso y por muchas m?s razones, se le puede querer. La convivencia es posible cuando todos tratan de corregir las propias deficiencias y procuran pasar por encima de las faltas de los dem?s: es decir, cuando hay amor, que anula y supera todo lo que falsamente podr?a ser motivo de separaci?n o de divergencia. En cambio, si se dramatizan los peque?os contrastes y mutuamente comienzan a echarse en cara los defectos y las equivocaciones, entonces se acaba la paz y se corre el riesgo de matar el cari?o?.

No pretendo sostener con cuanto vengo diciendo que siempre sea f?cil perdonar, precisamente porque el orgullo anida muy hondo en el centro de nuestros corazones. Pero cuando el esfuerzo de amor continuado transforma el perd?n en actitud habitual, los efectos de crecimiento de la vida en com?n no podr?n nunca ponderarse en exceso: quien perdona experimenta un gozo y una paz, una alegr?a? que no dudo en volver a calificar de cuasi divinas.

Y el que es absuelto descubre en el esposo o en la esposa la imagen fidedigna de un Dios compasivo? y le resulta muy dif?cil no quererlo o quererla con toda el alma, porque por ?l o ella se siente infinitamente amado. Uno y otro, al pedir disculpas y otorgarlas, se vac?an de s? mismos, de sus presuntos ?derechos?, dando en consecuencia un paso de gigante hacia la verdadera acogida y el don rec?procos.

Y as?, reblandecidos y remodelados ambos esp?ritus por la efusi?n amorosa del perd?n, inmensamente cercanos al Hogar divino, se torna sencillo disponerse al cambio que efectivamente los introducir? m?s en el otro c?nyuge, elevando la calidad y el colorido de su mutua entrega y poni?ndolos en condiciones de desbordarse en beneficio de cuantos crecen y mejoran a su amparo.

Lo positivo... del otro

Concluyo, con palabras de Ugo Borghello: ?Narra una f?bula que el demonio merodeaba por los barrios con el fin de dividir y arruinar a las familias. Se introduc?a en los hogares bajo la apariencia de un peregrino cansado y, mientras lo atend?an, se las ingeniaba para hacer a la mujer caer en la cuenta de que el marido la trataba como a una esclava, mientras ?l permanec?a tranquilamente sentado, charlando con el hu?sped, o cosas por el estilo. Y as? prosegu?a insidiando, hasta que lograba hacer estallar una rabiosa discusi?n.

Pero un d?a entr? en una casa donde todos sus intentos fracasaron. Fue ?l entonces quien se enfad? y, desesperado, exclam?: ??Pero vosotros no discut?s nunca??. ?No, porque desde el primer d?a hicimos un pacto: cada cual deber? fijarse s?lo en los propios defectos y en los m?ritos o cualidades del c?nyuge?. Basta reflexionar un poco sobre la an?cdota para advertir que quien se comporta de este modo lleva todas las de ganar?.

La verdad ilustrada por este ap?logo la expresa, con t?rminos m?s t?cnicos, Gottman, un especialista americano: ?Lo que hace que un matrimonio funcione es muy sencillo. Las parejas felizmente casadas no son m?s listas, m?s ricas o m?s astutas psicol?gicamente que otras. Pero en sus vidas cotidianas han adquirido una din?mica que impide que sus pensamientos y sentimientos negativos (que existen en todas las parejas) ahoguen los positivos. Es lo que llamo un matrimonio emocionalmente inteligente?.

Tom?s Melendo Granados

masterenfamilias.com


Adopci?n espiritual

Publicado por Galsuinda @ 22:50  | Dignidad humana
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