S?bado, 18 de febrero de 2006


MIENTRAS ocupan el debate p?blico asuntos m?s estrepitosos (y triviales), se aprueba en el Congreso un proyecto de ley de reproducci?n asistida que ampara, bajo coartadas terap?uticas, la eugenesia y la clonaci?n. Como no pod?a ocurrir de otra manera en una ?poca desarmada moralmente, la ciencia se erige aqu? en instancia suprema e inapelable: ?Todo lo que se sabe hacer, se puede hacer?, parece ser el lema. Esta mitificaci?n de la ciencia como fuerza salv?fica no ha mostrado reparos siquiera en pisotear la dignidad de la vida humana; de este modo, se ha llegado a aceptar la posibilidad execrable de ?fabricar? vidas, servirse de ellas como material de experimentaci?n y despu?s destruirlas. Aprovech?ndose de la ingenuidad o la desesperaci?n de mucha gente que se deja embaucar con falsas esperanzas, la propaganda justifica la perversidad de la clonaci?n terap?utica pregonando que permitir? sanar enfermedades hoy incurables. Y con esta expectativa (que no es sino coartada que se sirve del sufrimiento ajeno), se convierte la vida humana en un producto de laboratorio y se destruyen alegremente unos embrioncitos de nada para extraerles c?lulas o tejidos, como si fueran proveedores de piezas de recambio.

Nunca hubi?ramos llegado a estos extremos de depauperaci?n ?tica si previamente no se hubiese impuesto una consideraci?n meramente funcional de la vida. Tratamos a nuestros semejantes como cosas de las que es posible disponer, extraer una utilidad. Si este puro utilitarismo se ha instalado en nuestra existencia cotidiana, ?c?mo puede sorprendernos que desde una instancia legislativa se establezca la posibilidad de declarar a unos embrioncitos de nada vidas prescindibles e intrascendentes, s?lo considerables por la utilidad m?dica que nos pueden reportar? Previamente, por supuesto, se ha negado la singularidad espec?fica de cada vida humana; al desaparecer esa caracter?stica que la hace valiosa e insustituible, la vida humana queda despojada de dignidad. Se me opondr? que un embri?n carece de personalidad o condici?n humana; yo m?s bien pienso que esa condici?n, inscrita en sus genes, est? latente, se ha empezado a gestar para realizarse plenamente en un estadio futuro. Y puesto que la condici?n humana anida en ese pu?ado de c?lulas, organizadas con el fin de convertirse en persona, no tenemos derecho a tratar al embri?n como si fuese una cosa; no tenemos derecho a poseerlo, usarlo y destruirlo. En su aparente insignificancia se condensa toda la potencialidad de una vida futura, tan plena como la nuestra.

No pensemos que esta concepci?n puramente utilitaria de la vida no nos pasar?, a la larga, factura. Al negar los conceptos m?s elementales sobre los que se sustenta la dignidad humana, estamos infligi?ndonos un da?o sin reparaci?n posible. Por supuesto, podemos alegar coartadas pretendidamente altruistas para justificar ese ataque a la dignidad humana; pero las acciones moralmente err?neas, aunque puedan parecer ?tiles en un principio, aunque reporten beneficios inmediatos, acaban arrastr?ndonos inexorablemente a la ruina. La dignidad de la vida no puede estar impunemente sometida al ego?smo de cada cual, a las ansias de curaci?n de cada cual, mucho menos al humanitarismo discrecional del Estado. La violaci?n de esta dignidad humana, ya lo sabemos, prefigura el totalitarismo. No creo que haga falta recordar aquel sue?o eugen?sico concebido por Hitler. La clonaci?n terap?utica, bajo su disfraz humanitario, postula tambi?n, no nos enga?emos, un mundo de superhombres donde los d?biles, los enfermos y, en general, todos aquellas vidas que no resulten ??tiles? carecen autom?ticamente de valor. ?Por qu? no empezar carg?ndonos -se dir?n los ap?stoles de ese ?mundo feliz?- unos embrioncitos de nada?


Por JUAN MANUEL DE PRADA

Adopci?n espiritual

Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios