Domingo, 05 de marzo de 2006



Hace unos cuantos a?os que vengo notando en nuestra sociedad la falta de unos elementos claves para la buena forma ps?quica de todos sus ciudadanos. Antes de que comenzase la floraci?n literaria sobre los rasgos neur?ticos de nuestro tiempo ven?a sintiendo una nostalgia imprecisa, que por fin he logrado saber a qu? se refer?a: lo que nos faltan son grandes sinverg?enzas. Es lamentable, pero es as?.

Si me dedico a escribir estas l?neas es porque no se ha reconocido a?n que los grandes sinverg?enzas han desempe?ado en la historia un papel altamente ben?fico. Digamos que escribo por una deuda de gratitud hacia ellos, por un "deber de justicia". Cuando faltan grandes sinverg?enzas, como es nuestro caso, la salud ps?quica de los pueblos parece que se resiente de un modo alarmante.

Para no herir susceptibilidades, me voy a situar en el siglo XVI, que, sospecho, queda lo suficientemente lejano como para no desatar pasiones. Por ejemplo, una cuesti?n sucesoria puede tener tal efecto, pero si se trata de la sucesi?n de Felipe el Hermoso, cualquier contempor?neo podr? considerarla sin que se altere su ritmo card?aco.

Pues bien, yo siento nostalgia de formidables sinverg?enzas como Lope de Vega y Felipe II. Fueron grandes sinverg?enzas y fueron inaut?nticos: mejor a?n, en su inautenticidad estribaba su grandeza. De ninguno de ellos puede decirse que obrara siempre de acuerdo con sus convicciones m?s ?ntimas y sus m?s b?sicos principios, que es lo m?s definitorio de la actitud ?tica contempor?nea llamada autenticidad.

Es grato, por dem?s, que nuestra ?poca tributa culto a los hombres aut?nticos por serlo, pero es ingrato que deteste a otros por lo mismo. Si nos atenemos a lo que significa "ser aut?nticos", tanto como Che Guevara lo fue don Adolfo Hitler y el se?or Faruk. No logro explicarme por qu?, siendo un democr?tica e igualitarista la sociedad contempor?nea, goza con un culto tan arbitrariamente unilateral.

Volvamos a nuestro siglo XVI. En ?l cabe admirar a Felipe II y a Lope de Vega porque eran inaut?nticos, y sobre todo, porque lo eran en ese aspecto tan trascendental de la vida de un hombre que es su relaci?n con la mujer; mejor dicho, con las mujeres.
El magn?fico Lope no abandon? el ejercicio de su ministerio sacerdotal porque lo creyera imprescindible para alcanzar la plenitud de esa madurez humana de la que tanto se habla hoy, o porque considerase que debe comportarse as? en virtud de sus principios b?sicos. No se?or. El gran Lope abandon? su ministerio porque, descuidando el fervor por el que manten?a la vista alzada al cielo, la dej? resbalar hacia la tierra, y comprob? que el animal racional femenino continuaba siendo una criatura fascinante.

Efectivamente, las mujeres pueden contarse entre las criaturas m?s hermosas de la tierra - sobre todo algunas - y s?lo su belleza hace comprensible muchas locuras, a condici?n de que realmente la posean. Lope era un apasionado de la belleza y era un hombre. Hubiera sido una falta de galanter?a, e incluso de virilidad, basar su conducta en otros principios que no fueran la belleza de sus damas. Lope, que era un hombre y un esteta, no tuvo necesidad de inventar ning?n principio psico1?gico ni teol?gico: las am?, sencillamente, porque eran hermosas; y por ellas abandon? sus principios m?s ?ntimos y sus convicciones m?s b?sicas.

Felipe II es, con todo, el m?s genial de los grandes sinverg?enzas, y, por consiguiente, aqu?l hacia el que deber?amos dirigir nuestra gratitud en mayor medida. Lo entenderemos bien si lo relacionamos con su colega Enrique VIII de Inglaterra.
El rey Felipe no era un hombre tan seco y adusto como nos ha hecho creer Tiziano. Era amante de la buena mesa y del buen vino, ten?a en su dormitorio un cuadro de las tres gracias, y disfrut? de las mujeres m?s hermosas. En esto no suficientemente lejano como para no desatar pasiones. Por ejemplo, una cuesti?n sucesoria puede tener tal efecto, pero si se trata de la sucesi?n de Felipe el Hermoso, cualquier contempor?neo podr? considerarla sin que se altere su ritmo card?aco.

El bueno de Enrique no quiso obrar en contra de sus m?s ?ntimas convicciones y de sus m?s b?sicos principios - que eran, por lo dem?s, los de todos sus compatriotas -, y en aras de la "autenticidad", para evitar que sus deseos fueran deshonestos, convirti? en honesto lo que deseaba. Para ello tuvo que hacer pasar por entre las dos s?banas de su lecho las conciencias de todos sus compatriotas, pero la autenticidad lo exig?a. Enrique no quiso ser un sinverg?enza inaut?ntico, y se convirti? en un aut?ntico sinverg?enza. Ah? empieza a deteriorarse la salud mental de un pueblo.

Que un hombre abandone sus principios b?sicos por una mujer, dejando los principios b?sicos donde estaban, es reprobable, pero dice bastante en favor de ese hombre -y mucho en favor de esa mujer-: ese hombre podr? volver a sus principios cuando quiera, porque seguir?n estando donde los hab?a dejado.

Que un hombre lleve consigo sus principios, haci?ndolos cambiar con sus deseos, dice poco en favor de la mujer, a la que ya no se ama por una cuesti?n de belleza, sino por una cuesti?n de principios, y dice menos en favor del hombre: porque el que se lleva consigo sus propios principios, en lugar de abandonarlos, nunca podr? volver a donde los hab?a dejado, sencillamente, porque ya no est?n en ninguna parte.

A partir de ese momento, seducir damas reci?n casadas o novicias, abandonar el ministerio sacerdotal por una mujer, o cobijar en el regio t?lamo a un sinf?n de ellas, es una vulgaridad al alcance de cualquier mediocre: sencillamente, porque las han "convertido" en acciones indiferentes.

Los grandes sinverg?enzas pod?an arriesgar su alma a sabiendas por una mujer hermosa, pero ten?a que serlo en grado sumo; les cab?a la posibilidad de condenarse por un acto arriesgado y voluntario, pero sobre todo, les cab?a la posibilidad de arrepentirse. A los aut?nticos sinverg?enzas no les cabe m?s que condenarse por acciones vulgares, despu?s de haberse cortado a s? mismos la retirada hacia el arrepentimiento.

Los grandes sinverg?enzas nunca pretendieron justificar sus acciones, pero todos las comprendemos. Para seducir a una f?mina jam?s necesitaron el apoyo de los te?logos salmantinos: se apoyaron exclusivamente en su galanter?a. Y en la aventura que ellos sab?an reprobable y arriesgada brillaba el vigor de su car?cter y el romanticismo de la gran pasi?n. Sab?an que obraban mal, pero el arrepentimiento y la absoluci?n ten?an para sus almas un efecto tan saludable como un buen ba?o, un buen almuerzo y una buena siesta para sus cuerpos, Su salud ps?quica era envidiable. Los aut?nticos sinverg?enzas han echado a perder la salud de los pueblos.

Una mujer hermosa hace comprensibles muchas locuras - dije-, pero no todas: hace comprensible que un hombre abandone sus principios, pero no que los borre. La supresi?n de los principios tiene la ventaja de que ya no es posible hacer el mal, pero tiene el inconveniente de que tampoco se puede hacer el bien. Si ninguna acci6n es reprobable, por el mismo motivo ninguna es enaltecible. La supresi6n de los principios es la supresi6n de las lealtades, y si nada se prescribe, ni siquiera el amor es meritorio: en el caso de Lope, esto significa que abandonar los principios por la mujer no es mejor ni peor que renunciar a la mujer por los principios. Cuando todo es indiferente, la vida de los hombres y de los pueblos se estanca en esa terror?fica enfermedad que es el aburrimiento puro, porque el hero?smo y el riesgo son ya imposibles.

Los grandes sinverg?enzas, con su inautenticidad, contribuyeron a mantener la salud ps?quica de los pueblos. Nuestra gratitud hacia ellos es un "deber de justicia": porque dejaron la verdad donde estaba, su autenticidad era virtud; su inautenticidad, pasi?n; sus amor?os, pecados; sus amadas, hermosas; su arrepentimiento, salvaci?n; y su vida, una emocionante aventura que, al menos no dejaba resquicios para el hast?o y la indiferencia.

J, Choza de La supresi?n del pudor y otro ensayos. Eunsa

Adopci?n espiritual

Publicado por Galsuinda @ 15:49  | Para pensar
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Comentarios
Publicado por galupi21
Martes, 22 de mayo de 2007 | 0:19
Deberia ser de lectura obligatoria en todos lados. El mejor articulo que lei en mi vida. Aunque le falta algunas lineas del original
Publicado por Galsuinda
Martes, 22 de mayo de 2007 | 7:37
Hola, no s? si tengo alg?n problema con el escaneado... lo volver? a mirar. En internet no hay donde est? el articulito. Tambi?n yo saqu? esa impresi?n al prmera vez que lo le? hace muchos, muchos a?os.