Mi?rcoles, 28 de junio de 2006




Recuerdo aquellas siglas estampadas en el carn? de identidad de mi madre, S. L., como una enigm?tica profesi?n que no osaba decir su nombre y que yo, al principio, traduc?a como ?sociedad limitada?. O m?s bien limitad?sima, sin otro capital social que el trabajo insomne de mi madre, siempre atareada en la cocina. Yo llegu? a pensar que los platos que cocinaba mi madre, aquellos platos mitol?gicos cuyo sabor a?n persevera en mi paladar, eran las acciones de su sociedad, cotizando siempre al alza y obteniendo ?m?ximos hist?ricos? cada vez que se aproximaba una fecha se?alada y hasta mi habitaci?n llegaban los efluvios culinarios. Una vez al mes, mi madre iba a la panificadora de la ciudad, que era como una sucursal del para?so, olorosa de magdalenas reci?n hechas que extend?an su perfume nutritivo, y se reun?a all? con otras mujeres que coc?an sus propios dulces. Recuerdo que yo sol?a acompa?ar a mi madre a la panificadora, para devorar glotonamente la primera remesa de magdalenas que sal?an del horno,  esponjosas y tibias y casi palpitantes como la carne de un ?ngel que a?n no se ha recuperado del sofoco. En aquel lugar, las mujeres intercambiaban recetas y despotricaban contra sus maridos, que no las ayudaban ni siquiera a llevar la contabilidad dom?stica.

No se deten?an ah? las atribuciones de aquella sociedad limitada que era mi madre: por las ma?anas me llevaba al colegio, despu?s de comer fregaba los platos mientras escuchaba un follet?n radiof?nico, a la hora de la siesta amamantaba a mi voraz hermanita y, ya al llegar la noche, con la mirada derrumbada por el cansancio y la sonrisa exhausta, me ayudaba a deletrear mis oraciones, aquella m?sica de palabras ininteligibles que actuaba como un exorcismo contra las pesadillas, sobre todo si mi madre las remataba con un beso en la frente, un beso cuya saliva transportaba los microbios benignos del amor. Cuando la garganta me florec?a con los estigmas de la faringitis, ella se encargaba de llevarme al pediatra; cuando mis pantalones se desgarraban a la altura de las rodillas, ella se encargaba de remendarlos, con esa parsimonia del cirujano que repasa las cicatrices de una operaci?n. Un d?a descubr? que aquellas siglas enigm?ticas que ilustraban su carn? no significaban ?sociedad limitada?, sino ?sus labores?, una f?rmula eufem?stica que se empleaba para designar la profesi?n menos considerada en el escalaf?n de las vanidades humanas, ama de casa. Cu?nta secreta abnegaci?n hab?a en aquellas siglas, cu?nto sigiloso entusiasmo.

Parece que la evoluci?n de los tiempos ha convertido el oficio de ama de casa en una reliquia propia de una ?poca clausurada, como el del sereno o el peraile. La experiencia demuestra, sin embargo, que esta relegaci?n produce desajustes irreparables en la formaci?n sentimental de las nuevas generaciones, que crecen en esos hospicios posmodernos denominados guarder?as y se alimentan de bazofia en bote recalentada en el microondas y tienen que aprender sus oraciones, esa versi?n elemental de la poes?a, de manera autodidacta, o m?s bien no aprenderlas nunca. La sensibilidad contempor?nea ha rescatado a la mujer de la cocina, empresa altamente loable, pero a?n no ha logrado llenar ese vac?o cordial dejado por aquellas amas de casa que hac?an de su trabajo una celebraci?n cotidiana y extenuante. Las conquistas del feminismo, con la distribuci?n de roles entre sexos, han conseguido aliviar la esclavitud de muchas mujeres, convertidas en bestias de uso dom?stico, pero esa descarga de trabajo no se ha visto todav?a compensada por una aportaci?n fruct?fera de los hombres, que seguimos siendo unos in?tiles proverbiales.

Yo recuerdo a mi madre, cargando siempre con la sociedad limitada de la organizaci?n dom?stica, y me espanta que sus conocimientos culinarios y su abnegaci?n secreta y sus labios bautizados de oraciones vayan a morir con las mujeres de su generaci?n, como esas canciones populares que alimentan durante d?cadas o siglos los sue?os ancestrales de los hombres, transmitidas oralmente, y que un d?a son suplantadas por una chatarra jerogl?fica que suena en la radio. ?Qui?n nos remediar? esa orfandad?


Juan Manuel de Prada

ImagenAdopci?n espiritual

Publicado por Galsuinda @ 5:27  | Dignidad humana
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