S?bado, 12 de agosto de 2006


Enrique Monasterio

Tengo en el disco duro del port?til una carpeta que llamo "congelador". All? voy guardando desde hace a?os an?cdotas ver?dicas, notas de prensa, sucesos m?s o menos relevantes, frases o?das al pasar y docenas de ocurrencias personales, con la esperanza de que, descongeladas y bien aderezadas, sirvan de algo en el futuro.

Pocas veces hasta ahora he recurrido al congelador; pero hoy, al enfrentarme con el art?culo de mayo, he abierto esa carpeta en busca de alguna vieja an?cdota. He aqu? una que casi hab?a olvidado.

En marzo de 1996 fui a un gran hospital de Madrid para visitar a un amigo al que iban a operar del coraz?n. Estuve unos minutos con ?l, y al salir -?qu? importante es vestir "de uniforme" en estos casos!- fui abordado por una se?ora mayor. Me dijo que su marido iba a entrar en el quir?fano, y quer?a hablar antes con un sacerdote.

-Tenga en cuenta, padre, que tiene la cabeza un poco perdida...

Al cabo de diez a?os me resulta imposible recordar el rostro del enfermo. Tampoco anot? su nombre, creo que era Juan, pero no he olvidado su mirada entre t?mida e ir?nica ni su piel reseca y trasl?cida, como un envoltorio de papel arrugado, demasiado grande para tan poca carne.

Despu?s de confesarse, me sujet? la mano con inopinada energ?a. Ten?a el pulso acelerado y caliente. No quer?a que me marchara. Tampoco que llamase a su mujer.

Empez? a hablar despacio, buscando con esfuerzo el vocablo preciso y repiti?ndolo cuando al fin lo encontraba, como para tatu?rselo en la memoria. Me dijo que era navarro y que hab?a trabajado como m?dico en un gran pueblo de La Mancha. Sus restantes palabras, tal como las apunt? entonces en el congelador, son ?stas:

-"Todos los moribundos piensan en sus madres. Yo lo he visto muchas veces en los hospitales. Y ahora me estoy muriendo yo. Esta operaci?n servir? s?lo para la pr?rroga y para que tengan tiempo de ir grabando el epitafio. A lo mejor ni eso.

"Quiero mucho a mi mujer. Hemos estado juntos casi sesenta a?os, y sin ella no sabr?a d?nde he puesto las gafas. Ya com-

prendo que es una pobre declaraci?n de amor... De mi madre no tengo memoria. Muri? cuando yo era muy chico. S?lo conservo una foto que no me dice nada. Est? amarilla y fr?a como un cad?ver.

"Le cuento esto porque no tiene l?gica que todos los d?as sue?e con ella. Y cuando estoy despierto, a veces la sigo viendo. Si se lo explico a mi hijo, que tambi?n es m?dico, me dir? que ando mal de la cabeza y que hay que ajustar el litio. Este chico todo lo resuelve a base de litio. Pero el caso es que la veo, y, aunque no se parece en nada a la fotograf?a, s? que es mi madre porque ella me lo dice. Pero como es muy joven y sonr?e, me estaba preguntando si no ser? la Virgen. ?Qu? piensa usted, padre?"

No anot? mi respuesta, pero s? que hablamos casi una hora m?s. A Juan, en efecto, se le iba un poco la cabeza, pero era hombre reciamente cristiano que hablaba de la Virgen, de su mujer, de Dios, de las gafas, del santo patr?n del pueblo y de las pastillas que debe tomar cada seis horas, sin salir de la misma oraci?n subordinada. Todo era igualmente real y cercano.

Rezamos juntos un misterio del Rosario. Le hice notar que, en el avemaria, acudimos a nuestra Madre para que nos proteja en los dos ?nicos momentos importantes de la vida: ahora y la hora de la muerte. Al fin y al cabo, el pasado ya no existe y del futuro ni siquiera sabemos si llegar?. El "ahora" es lo importante...

-...y la muerte.

-S?. Cuando esos dos momentos coincidan, ?qu? madre no saldr?a al encuentro de su hijo?

San Alfonso Mar?a de Ligorio escribi? en el siglo XVIII un librito titulado Las glorias de Mar?a en el que recoge docenas de tradiciones y leyendas marianas, a cual m?s ingenua y milagrosa.

La m?a es menos pintoresca, pero tal vez sirva para este mes de mayo que dedicamos a la Se?ora.

Y conste que, en mi opini?n, el problema del litio es irrelevante en esta historia


ImagenAdopci?n espiritual

Publicado por Galsuinda @ 13:33  | Para pensar
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios