Martes, 19 de diciembre de 2006

Todo lo humano es precisamente lo que no puede ser reducido a f?sica y qu?mica: la persona
Ignacio S?nchez C?mara

Creo que el m?s terrible mal que se ha ido abriendo paso a lo largo de los ?ltimos siglos ha consistido en el retroceso de la creencia en la realidad personal del hombre, es decir, lo que podr?a calificarse como la despersonalizaci?n o deshumanizaci?n del hombre. Se manifiesta en muchos aspectos. Hay uno muy expresivo: el regocijo que algunos sienten cuando reciben una informaci?n que, para su limitado entendimiento, entra?a la reducci?n del hombre a la pura animalidad. Por ejemplo, les regocija especialmente saber la proximidad de la dotaci?n gen?tica humana con la del rat?n, la mosca o el cerdo.

En realidad, son unos rebeldes contra la bipedestaci?n a quienes lo que m?s les agradar?a ser?a andar a cuatro patas. Ignoran que una diferencia aparentemente peque?a puede ser trascendental. Sienten tambi?n una intensa aversi?n a la palabra esp?ritu, que les evoca presuntas tinieblas medievales. Para ellos, el hombre es un animal entre animales y una cosa entre cosas: pura fisicoqu?mica. Cuando, por el contrario, todo lo verdaderamente humano es precisamente lo que no puede ser reducido a f?sica y qu?mica: la persona.

No son pocos los s?ntomas de esta prolongada crisis, que no es fruto de la modernidad y de la ilustraci?n, sino productos bastardos de su extrav?o. Uno de ellos, sin duda de los m?s graves, es la aceptaci?n social del aborto. Pocas cosas como ?l entra?a la degradaci?n de la persona al estado de cosa, y la consideraci?n del ser humano como medio y no como fin en s?. Si el aborto es l?cito moralmente, entonces la vida humana carece de valor y sentido. Otro, s?lo aparentemente menor, es la generalizaci?n del consumo de drogas. No porque el mal se lo inflija uno a s? mismo deja de ser un grave mal. El hombre abdica de su condici?n personal cuando canjea su libertad y dignidad por un placer ef?mero. Luego, cuando la libertad ya se ha desvanecido, puede extinguirse la culpa pero no la responsabilidad ya contra?da. No deja de ser expresivo que se hable de dependencias. Tambi?n cabe incluir en esta n?mina deshumanizadora a la destrucci?n de embriones con cualquier fin, incluido el terap?utico. No es l?cito eliminar un embri?n humano para curar a otro ser humano. Aceptarlo entra?a la deshumanizaci?n del embri?n y su cosificaci?n. Lo mismo cabe decir de la clonaci?n humana. Como ha reiterado el profesor C?sar Nombela, el progreso cient?fico confirma cada vez m?s las posibilidades de reprogramaci?n del desarrollo de c?lulas humanas que no dependen de la obtenci?n de embriones cl?nicos, ni de ning?n tipo de embri?n humano. El desarrollo de la medicina regenerativa no va por el camino de exigir una v?a que suponga la creaci?n y destrucci?n de embriones humanos. El Gobierno, sin embargo, sigue adelante con su proyecto de Ley de Investigaci?n Biom?dica, que permite la clonaci?n y la destrucci?n de embriones con fines terap?uticos. Es decir, se empe?a en conducir al derecho por la senda torcida de la deshumanizaci?n.

Por un lado, podr?a imputarse el extrav?o a la soberbia humana que se obstina en considerar al hombre arbitrario se?or del bien y del mal, en lugar de vig?a y testigo del mundo objetivo de los valores. En realidad, es una extra?a y parad?jica mezcla de soberbia y degradaci?n. Soberbia, porque concibe su arbitraria voluntad como norma suprema. Degradaci?n, porque se empe?a en mineralizar lo humano, en rebajar al hombre arrebat?ndole cualquier atributo personal. Pero, en el fondo, la paradoja es s?lo aparente: soberbia y degradaci?n van unidas, son las dos caras de la misma moneda deshumanizadora. Tal vez la clave resida en la generalizaci?n de graves errores filos?ficos, o, para ser m?s precisos, en el repudio de la filosof?a y en la suplantaci?n de ella por otras cosas, sin duda valiosas, pero que no son filosof?a. As?, padecemos las consecuencias de errores cuya ra?z, causas y naturaleza ignoramos.

Y la educaci?n, en lugar de proporcionarnos las bases filos?ficas de lo que realmente somos, se empecinan en consumar el prolongado extrav?o. Porque el problema no estriba en discutir y precisar las consecuencias morales de la dignidad humana, sino en determinar si el hombre posee la dignidad derivada de su condici?n personal, o si, por el contrario, carece de ella. Acaso aqu? resida la ra?z de todas las disensiones que dividen a los hombres de nuestro tiempo. Y malas perspectivas hay de soluci?n mientras se imponga de hecho, que no derecho, la falsa tesis de que todas las opiniones poseen el mismo valor porque, entonces, la falsa moneda filos?fica tiende a expulsar a la buena de la normal circulaci?n de las ideas. Si el bien y el mal poseen los mismos derechos, si la verdad y el error tienen el mismo valor, entonces quienes ganan son el mal y el error. Y no hay mal y error comparables a la negaci?n de la condici?n personal del hombre.
La gaceta de los negocios

Adopcion Espiritual

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