Jueves, 25 de enero de 2007
Magaly Llaguno
Directora Ejecutiva de VHI


Los aborteros han matado a más de 49 millones de bebitos no nacidos en EEUU, desde que el Tribunal Supremo de ese país emitió sus abominables sentencias Roe v. Wade y Doe v. Bolton, el 22 de enero de 1973.

Los bebitos y las bebitas que no han nacido, sin dejar de ser las primeras, no son las únicas víctimas del macabro negocio del aborto. Las mismas mujeres que abortan, en cantidades que sobrepasan el millón todos los años, son las segundas víctimas. El aborto fue introducido en el sistema legal, médico, educativo y social de EEUU como si fuese un “procedimiento sencillo”. El objetivo de sus proponentes era realzar la autonomía y la auto-estima de las mujeres. El resultado, sin embargo, ha sido que millones de mujeres transitan por las calles de este país sufriendo las terribles secuelas físicas y emocionales del aborto. El aborto, sobre todo el legal, como en EEUU y otros países, es el mal social más grande y brutal de nuestros tiempos.

Si el aborto, todo tipo de aborto, es el mal social más grande y brutal de nuestros tiempos, el aborto tardío, el que se practica a partir del cuarto mes del embarazo, es el más salvaje de todos. Desde el punto de vista técnico, el aborto tardío es un procedimiento más complicado que los abortos tempranos. Por ello, tiene un mayor índice de riesgo físico para la mujer en términos de retención interna de las partes del cuerpecito del bebé abortado, así como de ruptura uterina e infección.

Una descripción sumaria del procedimiento del aborto tardío demuestra sus peligros para la salud física de la mujer, al mismo tiempo que la crueldad con la que se mata a su hijo o hija que no ha nacido. Primero se le inyecta al bebito no nacido un químico a través de la pared abdominal de su madre. La inyección mata al bebé. Luego se induce el parto, con la expectativa de que la mujer “dé a luz” vaginalmente. Cuando el “parto” del bebito ya muerto no ocurre por la vía vaginal, es posible, para retirar el cadáver del cuerpo materno, que la mujer sea sometida a una cesárea o histerotomía –una incisión en el útero hecha a través de la pared abdominal. Usualmente se considera que estas cirugías las practica un abortero experimentado en procedimientos obstétricos. Pero otros aborteros simplemente descuartizan al bebito no nacido, mientras todavía está en el útero de su madre, y luego retiran las partes del pequeño cadáver a través de la apertura cervical y de la vagina. Esta segunda técnica es muy invasiva y está vinculada a un índice más elevado de riesgo físico para la mujer. Las complicaciones de este tipo de aborto legal sí ocurren y los aborteros tienen que estar preparados para tratarlas.

El 10 de enero del 2005, los padres de una chica de 19 años, que tenía el Síndrome de Down, la llevaron a un centro de abortos legales en la ciudad de Wichita, Estado de Kansas, en el corazón mismo de EEUU. La joven tenía 28 semanas de embarazo (casi siete meses). Los padres pidieron que se le practicara un aborto tardío. Ese mismo día el abortero suministró, a través del vientre de la “paciente”, una inyección de digoxina directamente al corazón del bebé no nacido. Luego empezó el procedimiento para dilatar la cérvix de la muchacha y ésta fue enviada a un hotel cercano para esperar el comienzo del “parto”. Regresó al centro de abortos legales al siguiente día, después de “dar a luz” al bebé ya muerto en el automóvil de la familia. El abortero le practicó a la chica el procedimiento conocido como D y C, dilatación y curetaje. La técnica consiste en dilatar el canal de la cérvix, para lograr que la cureta pase hacia el útero y raspe la cavidad uterina. Como la joven había sufrido una ruptura en el útero durante el “parto”, se lo suturaron. Luego le suministraron una dósis de la píldora abortiva RU 486 (que en EEUU se llama Mifeprex o Mifepristone), para inducir contracciones uterinas. La muchacha regresó al hotel con instrucciones de regresar al centro de abortos legales a la mañana siguiente. Regresó tal y como se le había pedido, pero la encontraron deshidratada, le dieron líquido de forma intravenosa y la enviaron de vuelta al hotel. Esa noche tuvo fuertes dolores abdominales y sangrado vaginal. Una enfermera la atendió en el hotel suministrándole un baño tibio. No la evaluó ningún médico. A la mañana siguiente, la chica no respondía. Sus padres la llevaron de regreso al centro de abortos legales. Pero sufrió un paro cardiorespiratorio. Los paramédicos del departamento de bomberos le practicaron la resucitación y la condujeron a la unidad de emergencia del hospital local, donde fue declarada muerta el 13 de enero del 2005. El médico forense le practicó la autopsia y determinó que la causa de muerte había sido una sepsis (infección) debido a un aborto contaminado y hemorragia difusa.

Esta joven “dió a luz” a un bebé muerto en condiciones no controladas e insalubres y sufrió una ruptura uterina. Los indicadores clínicos que ponen sobre aviso al profesional de la salud acerca de los riesgos significativos de una infección estaban presentes en ese momento. La chica murió a consecuencias de un shock séptico dos días después del “parto”. Una pronta hospitalización y un tratamiento agresivo hubieran podido salvarle la vida. Aparentemente, nadie se dio cuenta de las serias complicaciones que la muchacha había desarrollado.

Todo ello demuestra que el aborto tardío (sea éste legal o ilegal) es un procedimiento de alto riesgo y potencialmente mortal para la mujer. El aborto, todo tipo de aborto, debería ser totalmente prohibido. Si las autoridades de este país tercamente se empecinan en permitir este crimen bajo el amparo de leyes inicuas, como si fuera un “servicio” de “salud”, deberían, por lo menos, obligar al Departamento de Servicios Sanitarios a supervisar los centros de abortos, como hace con los auténticos centros de salud.

En este contexto, resulta insólito que, en el Estado de Kansas, no se les exija a los centros de abortos que tengan licencia, ni siquiera hay estándares clínicos mínimos que regulen el funcionamiento de estos centros de matanza de bebés no nacidos. El gobierno no supervisa esta instalación abortiva, donde se practican procedimientos complicados.

Más inaudito e indignante todavía es el hecho de que el dueño del centro de abortos, donde ocurró el trágico hecho que hemos descrito, está libre de todo cargo. El nuevo procurador de justicia del estado, a cuya campaña contribuyó el propio abortero, despidió al fiscal que estaba investigando el caso.

Ante esta macabra realidad, la cantaleta abortista del “aborto legal y ‘seguro’”, la cual, dicho sea de paso, el movimiento abortista internacional está usando para imponer la legalización del aborto en nuestros países hispanos, suena más cruel e insensata que nunca. Es muy cierto el adagio que dice: “No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oir”.

Fuentes: License Designations for Healing Arts and Podiatry, Kansas State Board of Healing Arts, 235 S. Topeka Boulevard - Topeka, KS 66603-3068. Tel.: (785) 296-7413 - Toll Free: 1-888-886-7205 - Fax: (785) 296-0852, http://www.ksbha.org/misc/status.html#act, información bajada el 23 de enero del 2007.Steven Ertelt, “Abortion Practitioner: Who Killed Girl in Failed Abortion Hits Pro-Lifer With Car”, LifeNews.com, 6 de abril del 2006, http://www.lifenews.com/state1561.html; Meg Jalsevac, “Kansas Voters Let Abortionist, George “Tiller the Killer”, Avoid Criminal Investigations”, LifeSiteNews.com, 9 de noviembre del 2006; Meg Jalsevac, “New Kansas Attorney General Immediately Fires Prosecutor of Abortionist Tiller”, 11 de enero del 2007, LifeSiteNews.com.




ImagenAdopción espiritual

Publicado por Galsuinda @ 8:40  | Aborto
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