Lunes, 12 de marzo de 2007

GUILLERMO JUAN MORADO

EL PRESIDENTE del Gobierno ha justificado la excarcelación de un terrorista pronunciando una frase solemne, en la que apelaba a «luchar por lo que creemos, que es el valor supremo de la vida». Si fuese así, parecería que, por una vez al menos, la razón ética se impone sobre la estratégica, el deber sobre el poder, la conciencia sobre la utilidad.

Una consideración más detenida nos lleva a la cautela, quizá porque casi nada suele ser lo que parece. A pesar de lo altisonante que resulta la expresión de Zapatero, cabe dudar de que se trate de una formulación correcta. ¿Es la vida el valor supremo? Yo creo que no. En sentido estricto, la vida no es un valor, sino un bien. Es verdad que, por ser un bien, posee un valor. Pero aun admitiendo esto, ¿la vida es el bien más valioso, el sumo bien, más allá del cual no puede ser pensado otro mayor? Tampoco contestaría afirmativamente a esta pregunta.

Si la vida fuese lo que más vale, si fuese un fin en sí misma, jamás sería lícito entregarla por algún motivo. Y hay causas por las que merecería la pena jugarse la vida: la búsqueda de la justicia, la coherencia con las propias convicciones, la defensa del bien común, el testimonio de la fe. La vida humana no es ni el bien ni el valor supremo, pero sí es un bien primario y un valor fundamental. Si privamos a la persona del bien de la vida, le arrebatamos la posibilidad de disfrutar de otros bienes. Si no reconocemos que la vida humana es valiosa, nos convertimos en sicarios que ponen precio a lo que en sí mismo no está sometido a tasa.

De la dignidad de la persona humana y del valor que tiene su vida se deriva un imperativo ético; la obligación de respetar incondicionalmente la vida de un inocente. Ningún motivo justifica privar de su vida a quien no tiene culpa. Reivindicar, consistentemente, el bien de la vida tiene consecuencias. Una de ellas es evitar la contradicción que supone conculcar, o permitir conculcar, el derecho a la vida en los momentos cruciales de la existencia, como son el nacimiento y la muerte. Me cuesta tomar en serio a quien dice creer en el valor que posee la vida si quien lo dice -sea un político, o la sociedad en su conjunto- cierra los ojos, por ejemplo, ante el inmisericorde mal del aborto. A mi pesar, me vence la sospecha. La desconfianza amarga de encontrarme ante palabras vacías que parecen encubrir solamente el cinismo
 

Adopción espiritual

Publicado por Galsuinda @ 8:43  | Dignidad humana
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