Domingo, 02 de septiembre de 2007


 


Tres corazones



ALBERTO GRIÑÉN


diariodeavisos.com


Como cada día, uno se levanta dando gracias a Dios por seguir entre los contribuyentes de nuestra querida Hacienda pública y la insustituible Seguridad Social, por aquello que seguimos vivitos y paralizados en uno de los inusuales atascos de entrada, salida, subida o bajada a Santa Cruz.


Felizmente escuchaba Teide Radio-Onda Cero y en uno de sus espacios musicales sonó una canción de Antonio Orozco que dice algo así como:


Suman tres en mi pecera,

32 en la disquera,


700 los reproches,

que me acusan,


cada noche.



Las palabras, no se cuentan.


Contaré los corazones.



Uno el tuyo, otro el mío,y otro que nos da tirones.





Tres corazones.



Tengo tres corazones.



Los dos tuyos y este mío,



“Cargaito” de ilusiones.





Otra vez, te contaré,


los golpes que te van diciendo,



que llevas parte mía dentro,



que juntos sumaremos uno,



otra vez, te abrazaré,



pensando que me estás sintiendo,



yo lo sé.





Tengo tres corazones,



tres corazones,



uno el mío, otro el tuyo



y otro que nos da tirones.





Voy buscando las palabras,



encontrarlas me desvela,



por decirte tantas cosas,



que esperar me desespera.



La distancia de un aliento,



las verdades del barquero,



los remeros, los que mandan,



tú mi premio, más sincero.



Tengo tres


Tres corazones… y otro que nos da tirones.


En uno de los prodigiosos avances de la cola de aproximadamente metro y medio, llamó mi atención un pibito de unos dos años, risueño y simpático, perfectamente instalado en su espacial sillón -como debe ser- en la parte trasera en uno de los tantos coches que compartíamos la matutina caravana. Ciertamente se lo estaba pasando bomba mientras aporreaba con un peluche la calva de su padre, apoyado seguramente por su conductora madre.


Sin saber muy bien por qué -puñetero subconsciente-, imaginé el gozo de esos que esperan o acaban de ser envidiadas madres y padres y, disfrutan del insomnio, de las estrecheces, las limitaciones para continuar con su vida social, el acopio de pañales y otros necesarios enseres, los malabarismos para cuadrar los horarios de las guarderías, los nervios, en definitiva, los lógicos problemas que conlleva incorporar un nuevo miembro a la familia y? ¡Pitazo! Vale, Fernandito, que estoy despistado, ya avanzo otro metrito y te quedas tan a gustito, ¡chiquitín!


Retomo la mirada hacía el pequeñajo y él continúa a lo suyo, dale que te dale a la calva, mientras el encorbatado padre se parte de risa, y a punto está de que se le caiga la baba. Deslumbrado por los primeros rayos de sol, debo retirar mi divertida visión y entre sombras viene desde mi memoria una aterradora cifra: ¡100.000! Sí, más de 100.000 abortos y 500.000 píldoras ’del día después’ que el pasado año dispensó esta democrática nación, amparada en un legislación propia de una nueva raza exquisitamente seleccionada por su adquisitivo poder y su impoluta refinura social.


Por cierto, y una vez más, ¿para cuándo nuestros sabihondos gobernantes incluirán una legislación que defienda los tres supuestos para la vida? Tres corazones? ¿y otro que nos daría tirones?


 


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