Jueves, 03 de abril de 2008

Te dejé en un congelador...

Llega esta carta a nuestra redacción. «Ahora que he encontrado a unas personas buenas y religiosas que me han ayudado, y que Dios, en su infinito amor y misericordia, me ha perdonado, sólo necesito acabar de perdonarme a mí misma y que me perdones tú. Me han dicho que ahora eres un angelito que velas por nosotros desde el cielo. Te quiero, mi pequeño regalito de Dios... Perdóname por no haberte querido lo suficiente»


La carta empieza así: «Señor director de Alfa y Omega. Mi mujer leyó él artículo del pasado 7 de febrero titulado El Padre os espera para ofreceros su perdón y su paz, en el que se reproducían fragmentos de la encíclica Evangelium vitae, de Juan Pablo II, relativos a las mujeres que habían abortado, y decidió enviarles esta carta. Las frases que más le impresionaron fueron las siguientes: ... las mujeres que llevan sobre sí esta herida pueden encender luces de verdad que despierten las conciencias. Y Juan Pablo II espera de las mujeres ese testimonio de amor.
Como ve, en la carta se relata una experiencia terrible, en la que lo único hermoso es el arrepentimiento y la misericordia del Señor. Mi mujer se ha sentido llamada a escribirles y les ruega la publicación de la carta, pues puede servir para dar testimonio de la magnitud del horror del aborto y del daño que esta conducta inmoral causa no sólo al niño, obviamente, sino también a la madre. También puede ayudar a las mujeres que han abortado a reconciliarse con el Padre y a encontrar la paz que sólo Él puede dar. Si deciden publicarla, les rogamos que lo hagan con un nombre supuesto».

Carta de una madre:

Mi querido niño, mi tesoro, mi pequeño regalito de Dios, ya sabes el poco tiempo que estuvimos juntos y cómo te echo de menos. Te escribo para decirte que te quiero, que me duele profundamente no haberte querido lo suficiente para impedir que te arrancaran de mis entrañas, y por eso te pido perdón; por haber tenido la debilidad de acercarme a una clínica, cuando había tenido tantas veces anteriormente la fortaleza de no ir, aunque tuviera pedida cita.
Sé que te quería, porque la primera vez que pedí cita fue por teléfono. Era más fácil, y después lloré. Como ya te he contado me movían el egoísmo y la cobardía, pero ahora sé que no hay razón suficientemente importante.
Aquel fatídico último día fui a la clínica diciendo que tenía dudas, porque sentía pena por ti. Pedí que me hicieran una ecografía para seguir adelante, a pesar de todo, si eras niña. Me dijeron que no lo eras y, casi sin tiempo de reaccionar, ya me habían puesto algo para dilatar el cuello del útero. Cuando me incorporé de la camilla y vi tu carita congelada en el monitor del ecógrafo, comencé a llorar y ya no he parado desde entonces. Me pregunto ahora por qué no salí corriendo a pedir ayuda para no perder a mi niño, en lugar de quedarme allí llorando, esperando a pasar al quirófano, como oveja al matadero; pero supongo que los dos valiums y la inyección que me pusieron ayudaron a ello. Así que allí me quedé, y pasé a un quirófano en el que no te di a luz, aunque dolió tanto como un parto sin epidural, sino que te di a la oscuridad; donde dejó de latir tu corazoncito; y donde no se oyó tu llanto, después de llenarse de aire tus pulmones, sino el ruido infernal de un aspirador y la voz del ginecólogo que decía: «Ya no estás embarazada». En ese momento hubiera deseado volver a llorar, pero entonces el dolor no me dejaba, sólo podía apretar los dientes y los puños para intentar soportarlo, y quedarme muy quieta porque me habían dicho que, si no lo hacía, corría peligro mi vida.
No se oyó más llanto que el mío, cuando me incorporé y le pregunté al ginecólogo qué harían contigo. Y así me volví a casa, dejándote allí, en un congelador, sin el calor de mis entrañas, y sintiéndome vacía y con un terrible dolor y remordimiento.
Ahora, que he encontrado a unas personas profundamente buenas y religiosas que me han ayudado, y que Dios, en su infinito amor y misericordia, me ha perdonado, sólo necesito acabar de perdonarme a mí misma y que me perdones tú.
Me han dicho que ahora eres un angelito que velas por nosotros desde el cielo. La verdad es que esa idea no me consuela mucho, más bien me hace llorar; pero pienso que, si es así, eso significa que algún día podremos volver a vernos, y entonces podré darte todos los besos y abrazos que no pude darte aquí, y tú tal vez puedas decirme como me decía uno de tus hermanos: Uno beso, mamá.
Te quiero, mi pequeño regalito de Dios. Perdóname por no haberte querido lo suficiente.

Diez minutos de debilidad...

Esto quiere ser también una carta de denuncia hacia la sociedad que muchas veces empuja a la mujer a abortar, y sin embargo vive de espaldas a esa realidad y desconoce el enorme dolor físico y psíquico que sufre la mujer que aborta y del que nadie le informa antes de tomar esa decisión. Una denuncia de lo terriblemente fácil que es abortar en España; sólo se necesita pensar que tu embarazo es un problema, y un día, acaso diez minutos de debilidad, encontrarás a unos médicos dispuestos a certificar que tu salud psíquica corre peligro y arrancar a ese niño de tus entrañas a cambio de unos cuantos euros, mintiéndote sobre cómo será el proceso y sin informarte sobre las secuelas físicas y psicológicas.
Ésa es la realidad a la que espero que poco a poco hagamos frente. Será difícil, porque parece que lo progresista es ayudar a la mujer a abortar, cuando lo progresista sería informarle adecuadamente, y ofrecerle otras soluciones cuando piensa que ésa es la única. Porque esa vida que crece en nuestras entrañas no nos pertenece a nosotras, sino a Dios, y eso lo digo ahora, yo, que era de las que estaba a favor del aborto... He tenido que pasar por esa terrible experiencia para cambiar de idea. Hagamos que el menor número posible de mujeres tengan que pasar por esa experiencia.

Una madre Publicado en Alfa y Omega




Aborto

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