Martes, 06 de mayo de 2008


Una triste mañana de diciembre, una niña abatida esperaba el autobús en una calle de San Francisco. Tenía 24 años. Soltera. Acababa de perder su disfraz de mujer. Había pedido hora para abortar.

El juego había durado ya demasiado tiempo y, al fin, inevitablemente, había dado su fruto... un hijo. Había sido en verdad un tiempo de vida, de libertad, de valor, de alegría, de amor, de juego... de jugar a mujer. Y de pronto se había tornado en tiempo de muerte, de esclavitud, de cobardía, de pesadumbre, de desamor... ¡de responsabilidad!

La magia se había disipado de repente por arte de una sola palabra: “estás embarazada”.

“Esto va a dejar huella... ya no hay vuelta atrás... nada volverá a ser como antes... ya no puedo disimular más...

        ¡tengo que dar la cara!

¡Terror!... Sudor frío...   ¡No puede ser!

Fantasías de aborto espontáneo, de “error de diagnóstico”. Angustia. Oleadas de negras premoniciones. Terror y más terror. La vida de hizo de pronto muerte total.

Vende todo... deja todo... vete... ¿a dónde? ¿con quién? ¿cómo?... ¡Sola!

El no está... dio marcha atrás. “No conviene ahora”, dijo al partir. Los amigos: “¡Qué diran tus padres! ¿De qué vivirás? Si no es más que un quiste, quítatelo.”

¡Dios mío! No puede ser verdad. Debe ser un mal sueño. ¿¿Yo tener un hijo?? ¡Si no me puedo tener ni a mí misma! No puede ser. ¡Esa persona embarazada no puede ser yo! No sé quien es esa persona... ¿cómo se atreve?... ¡NO!

No cabe en mí esa persona... no es parte de mí... es una enfermedad. ¡Debo eliminarla!

Médicos, explicaciones, métodos.... algas, ácido... “no es doloroso... un momento y se acabó”.

    ... ¡se acabó!              Pero... ¿qué se acabó?

En ese momento (gracias, autobús, por tardar tanto), en esa mañana gris, 24 horas antes del plazo, ese nuevo ser murió... en mi mente. El Arquero disparó la flecha de mi imaginación y se clavó en el blanco -no tan lejano- de mi futura realidad. Fui en un instante y estuve allí... en el destino que tenía preparado para ese ser que empezaba a vivir. Lo hice y lo vi. Lo viví. Todo entero, en ese momento, esperando el autobús.

Lágrimas empezaron a manar por mi rostro. Lágrimas y más lágrimas. Congoja terrible... ¡Lo había matado!

                                               ¡Me había matado!

No creo que haya asesino que, en el momento de ver su obra, no tenga esa vivencia fugaz: ¡Me he matado!

Toda la vida que durante años y años de esfuerzo pugnaba por ser...  todo el valor y la fuerza que me llamaban a gritos desde la distancia, siempre inalcanzables. Toda mi verdad que anhelaba ansiosamente quitarse el velo... todo se había hecho carne y... ¡lo había aniquilado!

¡Dios! ¡No podía hacerlo! ¡Esa vida era la respuesta a mis deseos! El premio al ganador, el título de “vividora”, de “amadora”... ¡era lo que yo quería!... Y lo que había querido toda la vida: dar la cara... ser verdad... ser valor.... ¡SER!

¡Qué instante de luz separa la muerte de la resurrección! La semilla de esclavitud se convirtió en fruto sabroso de libertad. Y esa niña perdida y desesperada resucitó en mujer... mujer digna de dar vida... ¡capaz de dar vida!

Una vida que mañana, 12 años después, he de despertar para ir al colegio. Una vida que me ha dado TODO lo que siempre desee y nadie más me pudo dar. Una vida por la que he sido padre y madre y todo lo necesario. Una vida que ha colmado todas mis medidas, desbordado todas mis previsiones, iluminado todos mis rincones. Una vida por la que yo he vuelto a nacer... ¡hasta con mi misma cara!

    Una vida, sangre de mi sangre, risa de mi risa, amor de mis amores.

    El Amor bajó a mí en ese cuerpecito sonriente y nunca más me dejó. Nos salvó de la muerte día a día, y nos dio la Vida desbordante que tiene reservada a los valientes.

    ¡Sé valiente!  

    ¡VIVE!... y deja vivir.





Aborto

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