Viernes, 23 de mayo de 2008

por A. Polaino-Lorente

El sacrificio puede tornarse motivador del comportamiento humano, porque al fin y al cabo el querer del hombre está amasado siempre de sufrimiento. Y tras el sufrimiento del querer subyace casi siempre agazapada la felicidad

Lo bueno de algunos spots publicitarios es que incluso nos hacen pensar; en ocasiones, hasta en lo contrario de lo que, en apariencia, parecen proponernos. Hace unos días ojeando una revista descubrí un anuncio publicitario en el que se muestra una criatura encantadora, rodeada por la ternura de un rostro materno y nimbada por el eslogan "disfruta de tu hijo".

No es fácil acertar a entender cual es el mensaje que el diseñador del anuncio ha querido darnos a entender. Pero no resulta difícil la interpretación del mensaje, si nos atenemos a lo que comienza a ser habitual en algunos de nuestros conciudadanos.

Una vez que se ha separado la sexualidad humana de la fecundidad; una vez que los jóvenes matrimonios se autoprograman para tener su primer hijo después de haber conseguido el piso, el chalet o la segunda residencia; una vez que a través del FIVET y del imperio de una artificiosa voluntad se genera una nueva criatura humana, sin compromiso alguno ni de la sexualidad, ni de la maternidad; toda vez que esto ocurre, es lógico y plenamente coherente que se produzca un enorme cambio en la finalidad, el sentido y la motivación por la que las jóvenes parejas se deciden al fin a tener un hijo.

Aunque lo que se piensa en la actualidad acerca de la maternidad ha variado mucho respecto de lo que se sostuvo décadas atrás, tal transformación, no autorizan a invertir por completo -tal y como nos propone ahora el anuncio publicitario-, algo tan profundo e importante para el ser del hombre como es la filiación y la paternidad.

Si el hijo deviene en un mero recurso para que el padre o la madre disfruten -"disfruta de tu hijo", se nos dice-, entonces habrá que admitir que automáticamente el hijo se convierte en un triste y oscuro deseo de placer, apenas un objeto lúdico y gratificante, que ya no es un fin en sí mismo, sino tan sólo un medio, probablemente, sólo útil para sacar a sus padres de la indiferencia en que se encuentran.

Pero si aquí se agota la finalidad de la vida del hijo -hacer disfrutar a sus respectivos padres-, ¿qué sucederá cuando pese a todas las posibles "programaciones" de sus progenitores, el hijo no cause el disfrute de los padres? En este último caso, ¿se podrá acaso devolver a alguien?

Supongamos que, en el mejor de los casos, cada hijo satisface plenamente la capacidad de disfrutar de sus respectivos progenitores, tal y como reza el anuncio. Aunque este aserto no parece que sea fácil de cumplir, se habría iniciado ya una profunda transformación en el mismo concepto de paternidad y filiación.

Pues, en el improbable caso de que así fuera, los padres se convertirían automáticamente en meros sujetos lúdicos y egoístas, hasta el punto de sojuzgar la autonomía y la libertad de sus descendientes. Sus hijos, entonces, quedarían hipotecados por la mera consecución no ya de su propio fin, sino por haberse transformado en un medio, incierto y ambiguo, del supuesto disfrute de sus padres.

Los padres que, fiados de la publicidad, secundasen hasta sus últimas consecuencias lo propuesto por el anuncio, devendrían así en personas con una paternidad / maternidad meramente hedonista.

Pero si la paternidad se subvierte hasta esos extremos, forzosamente ha de correr la misma suerte la filiación. No se olvide que paternidad y filiación se concitan, encadenan y entretejen en una misma y única relación (la paterno-filial), cuyos extremos por ser fijos (padres e hijos), imponen y exigen precisamente la interdependencia entre esos dos núcleos, a partir de los cuales se estructuran y trenzan aquellas relaciones.

Nunca se había configurado y entendido la paternidad en el sentido en que nos la apunta y sugiere el mencionado anuncio. El amor del padre por el hijo no tiene comparación posible con ninguna otra de las muchas y variadas relaciones afectivas que pueden acontecer en el ser humano.

Siguiendo a Papini puede afirmarse que "el amor del esposo es fuerte, pero carnal y celoso; el del hermano está frecuentemente envenenado por la envidia; el del hijo manchado tal vez de rebelión; el del amigo está manchado de engaño; el del amo, henchido de orgullosa condescendencia. Pero el amor del padre a los hijos es el perfecto Amor, el puro, el desinteresado Amor. El padre hace por el hijo lo que no haría por ningún otro. El hijo es obra suya, carne de su carne, hueso de sus huesos; es una parte suya que ha crecido a su lado, día tras día; es una continuación, un perfeccionamiento, un complemento de su ser; (...) Porque el hijo lo espera todo del padre, y mientras es pequeño sólo tiene fe en el padre y únicamente está seguro junto al padre. El padre sabe que debe vivir para él, sufrir por él, trabajar por él. El padre es como un dios terrestre para el hijo, y el hijo es casi un dios para el padre".

A lo que parece, el diseñador del anuncio ha olvidado lo más elemental de la paternidad y filiación. Los hijos jamás podrán ser mera hechura de los deseos de sus respectivos padres, como la paternidad jamás consistirá en el mero disfrute de los hijos. La ligereza posmoderna, en su afán de reducir a un lenguaje light las más duras realidades humanas, no repara en las deformaciones antihumanas en que incurre.

Ahora se nos quiere animar a la paternidad con el autoengaño del placer, como si algún padre hubiera podido satisfacer en uno solo del más perfecto de sus hijos su hambre voraz de felicidad, el oscuro deseo placentero o los anhelos de voluptuosidad que en toda persona subyacen agazapados.

En el actual imaginario colectivo hay muchas carencias, una de las más relevantes la que se refiere a la familia y, más en concreto, la que apunta a en qué consiste tener un hijo. Si conociese esa doméstica y sencilla disciplina, el referido especialista en publicidad en lugar de "disfruta de tu hijo" nos habría aconsejado otras cosas muy distintas y más de acuerdo con la realidad, como "trabaja por tu hijo", "sacrifícate por tu hijo", “gasta tu tiempo con él”, “sufre por él y alégrate con sus alegrías”.

Y, probablemente, nos habría animado más eficazmente con estos últimos eslogans a decidirnos a ser padres. Porque también hay en el hombre un deseo que barbota en su intimidad de trabajar por algo que valga la pena, de sacrificarse por la consecución de algún alto ideal, no importa el sacrificio que ello comporte.

También el sacrificio puede tornarse motivador del comportamiento humano, porque al fin y al cabo el querer del hombre está amasado siempre de sufrimiento. Y tras el sufrimiento del querer subyace casi siempre agazapada la felicidad.

Por eso y por mucho más me parece éste un mal anuncio, especialmente porque anima al hombre a algo grande como es la paternidad -algo que forzosamente siempre ha de comportar una cierta responsabilidad-, mientras trata de motivarle con el falso señuelo hedonista de una irremediable impostura: "disfruta de tu hijo”.

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A. Polaino-Lorente

Arbil 106



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Tags: paternidad

Publicado por Galsuinda @ 17:18  | Dignidad humana
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